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Versión Completa: Quack experimental fanfiction: Pandemonium
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leonore thompson
Primera parte: Sanctuary
Capitulo primero: De regreso al santuario.
Por Leonore Thompson


Advertencia: Burlas/parodias/homenajes/alusiones a algunos elementos de la cultura pop. Algo de Fuera De Personaje.

«Creo que debí haber elegido el cielo o los océanos», pensó Hades.
No le molestaba el hecho de que le pidieran favores, le fastidiaba que allá arriba hicieran las cosas y las decidieran, para después, simplemente, informárselas, cuando ya todo estaba decidido y no había nada que hacer al respecto. Debería estar acostumbrado a no ser tomado muy en cuenta por los dioses habitantes del Olimpo, por no pasar mucho tiempo conviviendo con ellos, pero aun le incomodaba que, en definitiva, el fuese el ultimo en enterarse de las cosas y que los demás dioses lo trataran de «infantil» o «amargado» cuando quería reclamar. Con Persefone no había tenido muchos problemas, de echo, el único problema le surgió cuando ella reclamo que había sido secuestrada por su tío, cuando en realidad ambos se habían puesto de acuerdo en la hora y lugar de «su desaparición».
Sin embargo, desde el surgimiento del feminismo, los derechos humanos, la libertad de culto y la educación para todos, los problemas se le acumulaban a el y sus jueces, y allá arriba argumentaban que el mundo cambiaba junto con el humano. No era lo mismo mandar a un griego de la antigüedad que un griego moderno, mucho mas educado.
Sin ir mas lejos, la semana pasada había llegado un griego ateo y, al recibir la condena, el había argumentado que era ateo y era ilógico ser juzgado en un infierno creado hace mas de dos mil años, donde matar a un hijo no era censurado. Ante sujetos como estos, Hades había habilitado una zona llamada «Campo de la nada», donde no había absolutamente nada y los ateos podían quejarse de estar rodeados por sujetos igualmente de deschavetados y nihilistas.
Aunque, por otra parte, los cambios lo habían beneficiado, en el aspecto de que ahora tenia un buffet de abogados que ya le gustaría poseer a al líder de alguna empresa internacional, monopolista y corrupta. Juristas de varias nacionalidades, para muertos del mundo entero. Incluso, esa ventaja lo había llevado hacer alianzas con otros infiernos, para dejar callados a los excesivamente inteligentes.
— Bien, señor Hades, ¿Qué les contestamos? —dijo Radamanthis, impaciente, interrumpiendo la meditación de Hades, quien, al ser rey del Aveno, tenia harto tiempo para pensar y maquinar cosas.
Hades le lanzó una mirada baga.
— Disculpa, ¿en que estábamos?
— Estábamos en la respuesta que dará a la carta enviada por su hermano esta mañana —contestó el hermano del ex soberano de Creta, tranquilamente.
— Ah… Di que no.
Radamanthis lo observó tranquilamente, para después reposar su mirada en el pergamino que tenia entre sus manos.
— Sin embargo, acá su hermano señala "no aceptare un no como respuesta, Hadi-Chan"— recalcó el juez, posando su dedo sobre una caligrafía que deseaba bastante que desea, y tratando de no reír por el diminutivo que el Rey de los cielos le había puesto a su hermano.
— Di que no —Hades mantuvo firme en su decisión, y fingió no haberse percatado de la sonrisa que Radamanthis reprimía— y argumenta que no entendiste muy bien el mensaje y, por lo tanto, me lo leíste mal, creyendo que la posdata decía "espero que tu decisión sea la correcta y respete el equilibrio natural de las cosas".
— Sin embargo, el usara a su favor que usted no es analfabetic —argumentó Radamanthis, quien había tenido, en más de una ocasión, que suavizar las cartas de reclamo de Hades hacia Zeus.
— Di que ya me he olvidado de leer griego antiguo.
— Pero señor —protestó el juez—, esta escrito en griego moderno. Y más encima adjunto una traducción en inglés.
— Lindo e irrelevante detalle —contestó, frunciendo el ceño,
Por primera vez, en mas de mil años de servicio, Radamanthis estuvo a punto de ver el limite entre la paciencia del señor del Aveno y la más terrible zona de tortura del tártaro.
— Lo… Lo que usted diga —murmuró el juez, haciendo una reverencia, aún con la nota en su mano.
Se puso de pie y caminó hacia la salida del salón del trono, pero, ya cerca de esta, sintió la voz de hacer que lo llamaba.
— Radamanthis, deja la carta acá antes de marcharte.
El aludido regreso sobre sus pasos.
«Maldito sea… —pensó—. Que le hayan jodido el día, no quiere decir que todos estemos dispuestos a que nos lo arruinen a nosotros»
Obviamente, por su bien, disimuló bastante bien este pensamiento.
— Tenga, mi señor —dijo el, extendiéndole la carta, sin mostrar dignos de molestia o enfado.
Hades no se movió siquiera. De hecho, no hizo el más mínimo intento por tomar la carta. Se quedó mirando a Radamanthis desde su trono, ubicado en lo alto de una escalinata compuesta por cuatro escalones.
— ¿Que te hace pensar que me moveré? —le preguntó Hades, sin mostrar el más mínimo asomo de emoción.
El espectro de Wybern, por su parte, no hizo nada: bueno, casi nada, en realidad.
Subió la escalinata y le extendió la mano a Hades lo más respetuosamente posible que pudo.
Hades, con una irritable lentitud, tomó la carta con su mano derecha.
— No te muevas —dijo, abriendo la carta, fijándose en la caligrafía (y ortografía, todo hay que decirlo) de Zeus, primero, y después leyendo el mensaje enviado aquella mañana por el soberano del olimpo.
«Querido ermanito (1): Lamento mucho lo de tu derrota pero tanbién te quiero recordarte que no eres el único…»
— Las cartas, entre familiares, son una muestra de aprecio y cariño —dijo Hades, tranquilamente—. ¿Como es posible que mande una misiva con algo como «te quiero recordarte»? —preguntó, señalando con su dedo aquel GRAN error de redacción.
— No lo se, señor, su hermano no tiene la costumbre de escribir sus misiva —recordó el juez.
— Bueno, eso explica su caligrafía, su redacción y su ortografía –se quedo en silencio unos instantes–. ¿Tú crees que me quiera mucho?–añadió, frunciendo el ceño, en un gesto que pareció de intriga.
Radamanthis de Wybern miró a Hades unos instantes, sin saber que responder, y, recordando las palabras: «Las cartas son una muestra de aprecio y cariño», terció.
— Eh… Bueno… Quien le escribe las cartas normalmente es una musa o el mismo Hermes– contesto.
Hades volvió con su lectura, tratando de no mostrarse ofendido por la respuesta del juez.
— Es increíble que ese bueno para nada engendre hijos inteligentes–añadió Hades, tratando de parecer tranquilo.
Radamanthis se quedó en silencio unos instantes… Bueno, en realidad los dos se quedaron callados unos momentos.
— Si pensó que me convencería haciendo ese esfuerzo —murmuró Hades, de repente—, se ha equivocado. Aparte, si quiere obtener algo de mi no tendría que ofenderme de esa manera, recordándome la humillación que me dio mi sobrina.
— Siempre lo hace —recordó Radamanthis, con la espalda recta, y las manos detrás—, y creo que es una forma de apoyarlo.
Hades le lanzo una mirada penetrante. «¿Apoyarme? Trata de no hacerme reír, por favor», fue la forma en que el juez la tradujo.
Hades, por su parte, miró brevemente a Radamanthis antes de continuar con su lectura, como si nada hubiese salido de los labios del juez.
«…Aca Poseidón y Ares se quejan que Athena los bensio injustamente pero no me pondré a jusgar a mi niñita de los hojos. Con respecto a los santos quisiera que Athena volviese a tener su orden completa...»
— Una cosa es apoyarme y otra es humillarme–dijo Hades, frunciendo ligeramente el ceño, dejando, por ahora, de lado los errores de Zeus–. Es indignante que me incluya en la lista de incompetentes. Yo, al menos, le cause muchos problemas a Athena. Eso me lo tendría que reconocer.
— Eso demuestra que no esta acostumbrado a negociar.
Hade sin siquiera lo miró.
— Ocurre que el se ha acostumbrado a hacer su voluntad. Obligar a las personas para que le den las cosas.
— E insistir hasta obtenerlas.
Hades se quedó en silencio y miró a Radamanthis.
— Explícate.
— Pienso que, más que darse por vencido, le enviara más notas como esa.
Hades miró la nota, despectivamente, alejándola un poco de él, como si fuese una bomba a punto de estallar.
«…eso incluye a cabayeros como Afrodita, Canon, Camus, Máscara Mortal, Saga y Shura»
— Es decir, que quiere toda la mierda de regreso al Santuario — dijo, involuntariamente, Radamanthis, despectivamente ante los últimos cuatro nombres señaladosmencionados. Sólo un idiota olvidaba la humillación que Canon le había hecho sentir, y el disgusto que esos cuatro les habían causado. Al menos, en esta oportunidad, tenian que reconocerle a Zeus la inteligencia para haber escrito los nombres de los caballeros en orden alfabético.
Hades lo miró en silencio unos instantes.
Finalmente, dejó la misiva sobre el faldón de su túnica y, sin previo aviso, golpeó al juez en el estomago, tan fuerte que este se alejó unos pasos de él, con la respiración entrecortada, encogido y abrazándose la cintura
— No quiero que te expreses nunca más así… Al menos en mi presencia —dijo, y tomó nuevamente la carta— . Si no supiera que Poseidón exigiría la resurrección de sus caballeros, accedería… —se quedó unos instantes en silencio— . Radamanthis —dijo, poniéndose de piel— , llama a Minos y dile que traiga lápiz y papel, para redactarle una carta a mi hermano. Mientras tanto, asegúrate que Eaco vaya a la superficie y compre un libro llamado «Gramática griega para idiotas» (2), o algo que se le parezca.
— ¿Algo mas, señor?
Hades se rasco detrás de la oreja con gesto distraído.
— Si, que tenga cuidado de quitarle el precio al libro. Es de mal gusto regalar algo y que el destinatario se entere de cuanto gastaste.

El bar «Caos» era grande y, curiosamente, discreto, lo suficientemente alejado de bulla como para que dos dioses tuvieran una conversación sin que nadie se inmiscuyese. A esas horas, pese a ser las doce del día, era increíble cuanta divinidad se podía juntar, y sin tomar en cuenta la diferencia cultural existente entre otro panteón y otro. Porque las diferencias culturales estaban reservadas para mortales, no para dioses.
Cerca del mesón, sentados cada uno en un taburete, había dos hombres. Eran hermanos y de eso no cabía la menor duda, pero, por alguna extraña razón, uno de ellos trataba de disimular ese detalle. Este era guapo, aunque no tanto como su hermano, y tenía en una mano un vaso con agua, el cual no se animaba a probar por ningún motivo.
— Anda, Hadi-Chan —dijo, por enésima vez, suplicante, Zeus—. Sólo necesito una palabra —
añadió, zamarreando un poco a su hermano, lo suficientemente fuerte como para que la mitad del contenido del vaso diera contra el rostro del dios japonés vecino.
— Jamás —contestó firmemente el señor del inframundo, al mismo tiempo que la divinidad oriental le lanzaba un (no tan cordial) saludo a Rea (3)
— Pero no puedes ser tan malo —añadió Zeus, con una media sonrisa.
Hades lo miró implacable, decidido a no cambiar de parecer.
— Querías una palabra y te la he dicho. No, y punto final. Nunca he resucitado a un muerto, y no comenzare ahora.
Zeus llamo a la bar man, decido a inclinar la balanza de la fortuna a su favor.
— Bastet, tráeme una botella de vodka y dos vasos.
— Mejor trae tres —dijo una voz a la derecha de Hades, quien la identifico como la de su equivalente Egipcio.
— ¿Tu hermano bebe también? —le preguntó Anubis a Zeus, sin prestarle mucha atención a la presencia de Hades.
Como respuesta, el menor de los hijos de Rea y Cronos se encogió de hombros.
— No sabia que te habías vuelto el representante divino de los alcohólicos anónimos —añadió, mostrándole a Hades sus colmillos en una mueca, ignorando la ambigua respuesta de Zeus—. ¿O es que acaso la derrota contra Athena te empujo al vicio? —se rió en cara del dios griego del Aveno—. Por lo que puedo obserbar, Una mujer te ha empujado al trago y no has tenido la cortesía de agradecerlo…
Zeus hizo una mueca de dolor. Un comentario así era capaz de enervar hasta al más tranquilo, y Hades podia serlo en exceso, pero eso no queria decirlo que premature que lo ofendieran así como así.
Hades se alejó un poco de Anubis, ya que su aliento, sinceramente, apestaba.
— Aleja tu hocico de mi, perro —le dijo en voz queda.
Anubis dejó de reírse y emitió un gruñido.
— Chacal y la boca te queda donde mismo, perdedor —contestó el dios egipcio.
Hades se quedó en silencio, mirando a Anubis.
— ¿Revivirás a esos sujetos si o no? —preguntó Zeus, aprovechando que la atención de su hermano mayor estaba fijada en “otro asunto”
— Si, si, lo que tu digas–contestó Hades.
— Es un trato–dijo Zeus, sonriendo, malignamente complacido—, y recuerda que empeñaste tu palabra en un bar repleto de divinidades.
Se puso de pie y se retiró.
Hades iba a contestarle el insulto a Anubis con uno mucho peor, pero se detuvo al caer en la cuenta de lo que había echo.
— … Mierda…—murmuró.
— ¿Te invito un «terremoto»? —le preguntó Anubis, olvidándose de la discusión, preocupado por la, ahora si excesiva, palidez de Hades.
— N-No… —que le saliera voz, parecía casi un milagro.
— Si no fuera porque eres un dios, diría que desearías morirte… —observó Anubis, cuya preocupación inicial se había desvanecido para dar paso a una sonrisa sardónica y cruel.
Hades le echó una mirada vaga, perdida, desamparada… Lo suficientemente afectada como para provocarle a Anubis algo parecido a un complejo de culpa, pero a menor escala.
Anubis se sentó junto a Hades y le pasó un brazo tras el cuello, y extendió el otro para tomar la botella de vodka del cuello, la cual Bastet había dejado hace unos instantes sin decir nada.
— Ya… Hadi-Chan —dijo Anubis, tratando de emitir un tono de voz dulce y gentil (que terminó sonando cinico), virtiendo vodka en un baso pequeño y de boca ancha—. No es malo salir de vez en cuando de la rutina… —añadió, dejando de lado la botella y extendiéndole el vasito a Hades, quien, en lugar de recibirlo, tomo la botella y comenzó a ingerir su contenido a sorbos, deteniéndose solo para hablar.
— Mi vida es un infierno…
Anubis, perplejo, extendió el vasito hacia Hades.
— Salud, entonces.
Y ambos hicieron un brindis.

Al momento de abrir los ojos, lo primero que Saga pensó fue que Hades había decidido mandarlo a otro infierno, esta vez muy parecido a Atenas. Tal vez, para torturarlo mostrándole lo que había dejado tirado por haber desafiado a los dioses.
Cuando se percato que tenía a su hermano a su lado, pensó que, efectivamente, estaba en alguna zona del infierno de la que nunca le habían hablado, una peor que el tártaro. Sin embargo, cuando comenzó a reparar en Shion, en Milo y los demás caballeros…
Pensó que, sencillamente, se había terminado de volver loco y estaba delirando. Pero recordó que los muertos no deliraban, solo sufrían en el otro mundo para comprender que eran condenados como medio de expiación por sus actos… Y claro, el sufrimiento eterno era una consecuencia involuntaria, inevitable y muy necesaria para que un castigo fuese efectivo. Ahora, había sujetos que no aprendían nunca y, por lo tanto, eran mandados a reencarnarse para sufrir en la tierra lo que no tardarían sufrir en el otro mundo.
Solo esperaba que el no fuese considerado uno de esos deficientes mentales, aunque el que conservara la edad al morir…
— Mierda… —murmuró.
No tenia la costumbre de decir disparates (de echo, era la primera vez en muchos años que decía uno), pero la situación lo ameritaba.
— Nosotros… —prosiguió, sin mucho animo de completar la frase.
Shion asintió sombriamente.
— Estamos más vivos que muertos —contestó, seriamente, sin el ánimo de parecer gracioso o sarcástico… Bueno, tal vez un poco ofensivo, pero, de todas maneras, estaba sin animo de hacer de payaso.
Milo, por lo visto, no se dio cuenta de este detalle, ya que se río.
— Bien dicho.
Sin embargo, se dejo de reír cuando todos, sin excepción, lo miraron serios como para asistir a un funeral.
— Oh… Parece que perdieron el sentido del humor —comentó Milo, en tono casual, frunciendo el ceño. Desvió la mirada y se quedó contemplando a Aioria y Aioros, abrazados después de tanto tiempo sin verse.
— Mira como has crecido, Aioria —escuchó que Aioros le decía al santo de Leo.
A Milo se le ocurrió una idea. Sonriendo, se acercó al par, demasiado emocionados para darse cuenta de que Milo estaba dispuesto a clavarles su aguijón lleno de veneno.
— Los felicito —dijo en un tono falsa y peligrosamente amable—. ¿Cuántos años han estado separados? ¿Dieciocho años, no?
— Efectivamente —dijo Aioros.
— Comprendo —dijo Milo, dando un paso más hacia el par—. Eso quiere decir que la brecha de edad se ha agrandado, ¿no?
— Explícate, Escorpio —dijo Aioria, frunciendo el entrecejo, preparado para defenderse de cualquier tipo de ataque por parte de Milo.
Sin embargo, no estaba preparado para recibir la —en opinión de Aioria— primera muestra de inteligencia y movimiento neuronal por parte de Milo.
— Aioros —comenzó, respirando profundamente— murió a los dieciocho años (4). Tú, Aioria, pasaste a mejor vida a los veinticuatro años, lo que quiere decir que ahora los papeles se han invertido, ¿o me equivoco?
—Te equivocas/Tienes razón —contestaron al unísono Aioros y Aioria, respectivamente—. ¿Qué dijiste? —se interrogaron, mirándose con el ceño fruncido.
Habían caído en la trampa del escorpión, pero el caballero de oro cayó al suelo, semiinconsciente, por el repentino (pero temible) megapuño de Saga.
— Ustedes dos, compórtense y dejen de darle importancia a las palabras de Milo.
Sobre el grupo de sirvientes de Athena, cayó un manto de prolongado e incomodo silencio, de esos que, de animarte a hablar, si no te dejan como genio te dejan como un verdadero (y gran) deficiente mental.
Así lo percibió Shion, quien decidió romperlo, corriendo el riesgo de ser considerado de lo uno o de lo otro.
— Bueno, marchémonos rumbo a Athena —dijo, dándole la espalda al grupo.
Un automóvil —un mercedes Benz, negro, tan espectacular que seria la envidia de cualquier mortal— paso delante de el, seguido de casi diez patrullas policiales.
— No sé porque algo me dice que nos han revivido y mandado a algún punto de Grecia —comentó Mascara Mortal, con las mismas ganas de Shion para quedar como gracioso.
— Eso si nos han mandado a Grecia —comentó Camus.
— ¿Por qué usan plural cuando le deben agradecer a Hades la segunda oportunidad que se les ha otorgado?–se escucho una voz a espaldas de todos.
Se giraron y, sentado en el borde superior de un muro, vieron al viejo amigo Radamanthys, mirándolos despectivamente.
— ¿Qué haces acá, bro?—le preguntó Canon, adelantándose.
El juez ni siquiera la miró, puesto se su mirada estaba fija en Shion.
— Hades les ha otorgado una nueva vida… —comenzó el juez─. Y no soy tu hermano.
─ Afortunadamente. Porque de lo contrario, tendríamos que soportarnos obligatoriamente los tres ─dijo Saga, seriamente─. Y eso es algo que no estoy dispuesto a soportar.
— Eso ya lo dijiste —lo interrumpió Shaka, ignorando la faseta "humorista" de Saga.
Radamanthis sonrió apenas.
— Tu ingratitud no tiene definición posible.
— Al igual que tu escasez de vocabulario —observó Camus, fríamente.
Radamanthis se bajo del muro, cayendo limpiamente y sin la necesidad de flectar las rodillas para amortiguar el impacto de sus pies contra el duro suelo de asfalto, y no causarse una lesión.
— Ingrato mortal, solo las ordenes de mi señor me prohíben matarte aquí mismo.
— Eso sin mencionar la desventaja en la que te encuentras —añadió Aioria, cerrando sus manos en unos puños que a ninguno, en esta oportunidad, le gustaría recibir en su rostro.
Radamanthis sonrió y le iba a contestar algo a Aioria, pero se escucho la voz de Shion, potente como un rayo.
— Creo que el estaba hablando conmigo —todos lo miraron, pero el no se dejó intimidar por el pánico escénico—. Por lo tanto, no hay motivo por el cual ustedes deban interferir.
Se abrió paso entre los caballeros de oro y plata, quedando frente al Juez.
— En el pasado fuimos enemigos —comenzó el ex santo de Aries–, por lo tanto no estamos en posición de ser amables contigo, de la misma forma en que tu no lo estas con nosotros. Aun tomando esto en cuenta, no permitiré que nadie te ataque. Di lo que has venido a decir y lárgate, que tampoco estoy de ánimos para retener por mucho tiempo a los santos de Athena.
Radamanthis se rió, le dio la espalda a Shion y, de un salto, limpiamente, cayó sobre el borde del muro.
— Ya me olvide de lo que os venia a decir, lo cual significa que no era muy importante.
Y, desapareció.
— Bien —dijo Shion, girando sobre sus tobillos—, ya es hora de regresar al Santuario. Sin embargo, divídanse en grupos que no superen los cinco integrantes —y, percatándose de la expresión de duda en el rostro de todos, añadió—. Un grupo muy numeroso llama mucho la atención. Lo mejor es ser discretos, al menos hasta nuestro arribo al Santuario. ¿Han entendido?

Notas:
(1) Sorry, pero encontré original que un dios tenga falta de ortografía y redacción.
(2) Eso lo saque de un libro llamado "mithology for dummers" (o "Mitología para idiotas")"… Y si, sólo le modifique sólo el titulo.
(3) Rea, en la mitología griega, es la madre de Zeus, Poseidón, Hades, Hera, Hestia y Demeter. (En pocas palabras, Hades fue tratado de hijoputa)
(4) Sí, sé que murió a los catorce, pero como no le creo ni un pelo a Kurumada cuando dice que Saori/Athena tiene trece, le he modificado la edad a todos los caballeros.
elhazardmx
033.gif Se parecen a los fics del SSETERNAL....
leonore thompson
Hola,

Dudo que se parezcan a los fics de ese foro porque éste fic sólo lo he publicado en el saint seiya zone y en paraiso fanfiction.

Saludos,
Leonore Thompson
elhazardmx
Me refiero a la forma en que describes las cosas no al fic en si no1.gif HE visto tu fic solo en el Zone
leonore thompson
Hola

CITA(elhazardmx @ May 28 2007, 04:33 PM) [snapback]217190[/snapback]

Me refiero a la forma en que describes las cosas no al fic en si no1.gif HE visto tu fic solo en el Zone


Ah. Ya me estaba preocupando. Es que como no frecuento ese foro, pensé que ya me lo habían plagiado XDD

Ahora, el segundo capitulo.

Capitulo segundo: Cartas en el asunto
Por Leonore Thompson


He gritado hacia mi Dios, y no ha mostrado su faz

En el mundo subterráneo, Hades caminó silenciosamente hacia una prisión ubicada en lo más profundo del tártaro. Gritos desgarradores se escuchaban por cada rincón y los condenados suplicaban piedad y ayuda que nunca llegaría. Algunos, incluso, se arrastraban por el suelo, maltrechos, y le agarraban los tobillos, pero Hades los alejaba haciendo brillar un poco su aura. Los más osados lo sujetaban del faldón de su túnica, murmurando su nombre, diciendo que ya era suficiente castigo, pidiendo una nueva oportunidad para demostrar que no merecían sufrir eternamente.
Pero Hades tenía planes, para el mundo, para Athena. No podía iniciar una invasión con espectros, pero si podía desequilibrar el mundo que Athena había elegido proteger. Y lo podía hacer sin siquiera revelar su identidad.
Finalmente se encontró con la entrada a un salón. Una puerta negra con letras labradas.
Abrió la puerta y la cerró, encontrándose con un hombre de cabello blanco y ojos color ámbar, con las muñecas sujetas a la pared por medio de unos grilletes con cadenas. Vestía una túnica negra, algo rasgada, pero sumamente antigua.
— Hace mucho tiempo no te veo… ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que estuviste en esta celda?
El sujeto hablaba despacio, sensual y provocativamente. A través de su espesa cabellera, se asomaba un pequeño brillo amarillo.
— Cerca de doscientos años, más o menos —contestó Hades.
El sujeto, sin embargo, lo miró fijamente, tratando de captar una mirada por parte de Hades, quien terminó por cerrar los ojos y girar la cabeza en dirección a la pared.
— ¿Hades, que haces acá? Pensé que no te vería nunca más…
— Pensaste mal. Te vengo a hacer una oferta.
Silencio…
Y después, una risa burlona y tétrica. Una risa potente que inundó el lugar, opacando por instantes los gritos de los condenados.
— Hades el grande, ofreciendo un trato —el hombre parecía no caber en su sorpresa—. ¿Crees que soy tan idiota como para caer en tu truco? —añadió el condenado—. Engañas a los demás, Hades, y es así como consigues a tus súbditos. Tu cara de mosca muerta siempre ha sido tu mayor arma.
Hades frunció el ceño, molesto, pero trato de suavizar su rostro y su voz. En ocasiones, había que ser humilde para conseguir algo de la otra persona, aunque en este caso hablábamos del más poderoso demonio, por lo cual, había que ir despacio por las piedras.
— Esta vez es distinto. Te puedo liberar de la prisión a la que te condenó Athena.
— Y a la cual tú me confinaste, por compromiso con Zeus y los demás dioses, porque un demonio poderoso era algo que podia menguar sus planes.
Hades guardó unos instantes de silenico.
— Por eso mismo he venido personalmente a hacerte una propuesta.
Silencio.
— Casi me convences —dijo burlonamente—, pero dime: ¿Por qué un dios griego haría trato con un demonio precristiano?
— Porque tanto tu como yo deseamos el fin de Athena—contestó Hades, entrecerrando los ojos—. Zeus ha decidió que ningún otro dios griego se enfrente a Athena, pero eso deja libre otra posibilidad.
— La posibilidad de que otro alguien le haga frente —añadió el de cabello blanco, sonriendo—. Podría ser, pero necesitaría tiempo.
— Tiempo es lo que más tiene Athena, y, por consiguiente, no necesitas apurarte.
Silencio.
— ¿Qué me dices?
— Podría ser… ¿Me devuelves la libertad, sin siquiera una condición?
— La condición es que mates a Athena y siembres el caos nuevamente.
Una pequeña risa por parte del encadenado.
— Te quiero aclarar que acepto sólo porque quiero desquitarme de Athena, no porque me hayan convencido tus argumentos. Además, recuerda que yo soy el Caos…
Hades esbozó una discreta sonrisa.
— De hecho, estaba apelando a tu rencor, no a la lógica.
Le dió la espalda y caminó hacia la puerta. Una vez allí, se detuvo bajo el borde.
— Minos te vendrá a liberar y te traerá ropa. Después, podrás liberar a tus guerreros… —se quedó en silencio, para después añadir—: Procura convencer a algún mortal de que rompa el sello —añadió.
— ¿Crees que no lo haré, sabiendo que ese lugar esta custodiado por el poder de Athena? Cualquier presencia oscura seria percibida por ella y, por consiguiente, pondría en guardia a sus caballeros.
Hades salió y cerró la puerta.
— Espero no arrepentirme de lo que estoy haciendo —pensó, retirándose y caminando rumbo a su palacio—. Bueno… Tampoco es asunto mio lo que pase con el mundo… Pero espero que esto no se me escape de las manos.
Al llegar a su palacio en los Campos Eliseo, se encontró con sus jueces, a quienes comunicó su decisión.
Ninguno de los tres pareció aceptarla, porque lo miraron impresionados, sin saber que hacer.
— Es mi decisión, y supongo que no la contradecirán.
Los tres jueces se arrodillaron delante de Hades.
— Jamás lo haríamos, mi señor —le dijeron al unísono.
Hades inclinó la cabeza.
— No me esperaba otra cosa de ustedes.

***

Athena se puso de pie repentinamente, con una aprensión que la asustaba, principalmente, por no conocer ni origen ni motivo. ¿Acaso era parte de una premonición, un presentimiento o, sencillamente, era el hecho que no estaba acostumbrada a pasar tanto tiempo sin tener que estar a la cabeza de una Guerra Sagrada, en pro del ser humano?
Una presencia oscura—tan oscura como familiar— apareció tras ella.
— Hades… —murmuró—. Nunca me imagine que terminarías por aparecer en un lugar como este.
— Mi visita es corta, no tenemos mucho de que hablar.
— Supongo que es en relación a la presencia oscura que acabo de sentir.
— ¿No era mi llegada lo que, de una forma, anticipaste, sobrina?
Athena se volteó y avanzó unos pasos hacia Hades, quien la miró indiferente.
— ¿Qué ocultas?
— Nada.
— ¿Por qué has venido a mi santuario, sin mi permiso?
— La última vez llegaste a mi palacio sin autorización. Estamos a mano —contesto el señor del Aveno—. Lamento interrumpirte, supongo, en todo caso, que intuyes el motivo tras mi visita.
Athena guardo unos instantes de silencio.
— Lo tengo casi claro. ¿Estas dispuesto a destruir a la raza humana, de todas formas? Artemis y Apolo eran los últimos Grandes (1) que deseaban la destrucción de los humanos. ¿Porque no aceptas que, en su fragilidad, el humano es merecedor de la vida?
— Porque soy el soberano del reino de los muertos, y como tal quiero llenar mis dominios de muertos.
Athena frunció el ceño.
— No es ese el motivo —fijó sus ojos en Hades, quien por ningún motivo bajo los suyos—. Una oportunidad para cada dios en cada una de mis reencarnaciones. Esas fueron las palabras de mi padre, y, por consiguiente, su voluntad.
— Zeus no puede detener el transcurso del destino.
— El destino se hizo para aquellos que no aceptan sus errores. Hace tiempo los humanos piensan de esa forma, y nada podemos hacer, ni como dioses, ni como guías de ellos.
— Precisamente, darles inteligencia fue nuestro principal error. Por eso es que algunos queremos eliminarlos.
— ¿Por qué eliminar a algo que ya creaste?
— Porque al crearlo tienes el derecho a destruirlo —repuso Hades, sombriamente—. Zeus y Prometeo les dieron la vida, pero nosotros le enseñamos a usar la inteligencia porque, en algún momento de su historia, pensamos que siempre se mantendrían puros.
— La pureza cambia con los hombres, Hades. No puedes pedir que no cambie el que debe cambiar.
Hades sonrió, desdeñosamente.
— En lugar de seguir con esta discusión, ¿Qué tal si te hablo del que he liberado?
Athena aplicó más presión a la mano que sostenía su báculo, y su cosmos se inquieto.
— ¿Al que has liberado?
Hade sonrió.
— ¿Pensaste que lo mantendría encerrado todo el tiempo, en el fondo del tártaro? Esta al nivel de un Dios aunque no lo sea.
Athena reflexionó la ultima frase de Hades: “Esta al nivel de un Dios aunque no lo sea”.
— No —exclamó, sobresaltada—. No puede ser verdad…
— Lo es —contestó tranquilamente Hades—. Aunque no te guste, a regresado.
— Pero… —protestó Athena, pero la rabia le impedía hablar.
Poco a poco comenzó a elevar su cosmos y lanzó su Niké contra Hades.
Pero lo que tenia delante de ella era una imagen de Hades, la cual se desvaneció al ser atravesada por el ataque de la hija de Methis y Zeus.
Athena se dejó caer sobre el piso del salón principal y se rodeo con sus propios brazos, y el faldón de su túnica la rodeo como una nube blanca y vaporosa.
Temblaba, odiaba por primera vez en mucho tiempo. Tenia ganas de gritar, pero al mismo tiempo no encontraba los medios para hacerlo.
— No puede ser…—musitaba, una y otra vez, balanceándose hacia delante y hacia atrás, en un vaivén casi enfermizo.
Se enterró las uñas en la piel, y las deslizó hacia debajo de su brazos. Y de las heridas comenzaron a brotar sangre, pero ella no sentía nada.
La puerta se abrió y unos pasos se acercaron a ella, pero no reparó en ella.
— ¿Athena? —la voz de Shion sonó, cercana pero a la vez como si hubiese sido emitida por un extraño—. ¿Athena?
— …Hace frío, Shion… —musitó, temblando.
Shion se arrodilló delante de ella y, suavemente, le apartó las manos, para que no se lastimara más, aunque Athena tampoco estaba dispuesta a continuar.
Y la rodeó con sus brazos, en un gesto casi paternal. Athena le devolvió el abrazo y refugió su rostro en el hombro de su portavoz.
— Hace frío, Shion…
— No, sólo esta temblando.

***

La luna se reflejaba sobre un enorme lago que no parecía tener principio ni fin. El encapuchado se introdujo a las aguas heladas, sin mostrar el menor signo de dolor.
— Hace frío… —murmuró.
Hace mucho tiempo que no tenia la sensación de cuchillos clavándose sobre su piel. El hombre se quitó la sarga y la arrojó al agua, quien rápidamente la engulló.
— Agua con viva… —murmuró, mirando como el pedazo de tela se hundía.
Se aproximó la muñeca a los labios y la mordió, abriendo una herida profunda, de la cual comenzó a emanar sangre en abundancia.
— Ahora, haré que no haya mas vida en este lugar… —murmuró.
Si algo odiaba, era la vida.
Y derepente, una presencia junto a él.
Tras él.
Se giró violentamente y se desconcertó un poco al ver a una muchacha frente a él, de cabello castaño y largo. Su melena seguia la dirección del viento, al igual que el ancho y largo faldón de su vestido color crema. En su regazo, un gato blanco era el único que lo miraba sospechosamente.
— ¿Quien eres tu, quien pretende bañarse en el lago que esta dentro de la propiedad de mis padres? —dijo, suavemente.
Lucifer se acercó a ella y, al ver que el gato se encrispaba, elevó su cosmos, haciendo que el felino gimiera de dolor antes de caer muerto en los brazos de la niña, quien lo soltó y hecho a correr rumbo a su casa.
Pero una fuerza la paralizó.
Era Lucifer, quién se tomó su tiempo para llegar a su lado.
— Algo le ocultas al mundo, y quiero que me lo confieses —le dijo suavemente, tomandola del pelo y forzándola a mirarlo a los ojos—. Creéme, tu dios nunca respondera tus plegarias. Yo, en cambio, estoy aquí para mitigar tu dolor.
Ella abrió un poco los labios y, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla derecha, comenzó a hablar.
Pero tiempo después, horas después…
El castillo había sido abandonado a la fuerza por sus moradores, ya que todos habían sido asesinados por la única hija —¿O hijo? Ahora que todos estaban muertos, poco importaba aquel detalle— del matrimonio, un humano que no había dudado en confiarle sus sentimientos, y de los cuales el logró aprovecharse, para usarlos a su beneficio y, luego, simplemente, reducirlo a la nada, a la nada que, con el paso del tiempo, se encargara de borrar tu nombre y tu imagen del recuerdo de los demás, de los que te conocieron, de los que te amaron, de los que te odiaron y los cuales, de plano, te vieron pasar pero no repararon en ti.
Lucifer sabia que el era el único responsable de esta masacre, pero también sabia que en el transcurso de la historia se habían efectuado peores.
Muchas peores. Los libros y la memoria colectiva eran un claro ejemplo, aun cuando esta última prefiriese hacer como que la hoja ha sido volteada, sin reparar en que, sencillamente, la historia y los hechos han dejado una cicatriz en la humanidad.
— Pero yo no juzgo —pensó—. Tampoco me encargo de reflexionar sobre lo que los hombres quieren olvidar.
Aceptaba al humano con sus defectos y virtudes, aunque prefiriera mucho más de lo último.
Porque el paraíso se le había negado a los pecadores, a los hombres que, en su hambre de conocimiento, no habían logrado frenar su prisión. ¿O es que acaso, después de miles de años de encierro en el Tártaro, se había ablandado? Más le valía seguir siendo malo, porque lo que tenia en mente no era muy noble, y los remordimientos y dudas eran los peores aliados de un demonio.
Y, de repente, el silencio.
Silencio.
Las altas paredes del palacio rogaban por silencio, como un enfermo que sólo quiere cerrar los ojos, con la esperanza de nunca volver a despertar. Lucifer sabia perfectamente que el silencio de las piedras era el similar al que el había sentido entorno a su ser, mientras estuvo prisionero en el tártaro: se podía percibir, pero nadie iría por en tu auxilio.
— Esto se hace insostenible.
Hablar en voz alta aunque no hubiese nadie para escucharte.
Aunque probablemente…
— ¿Estas ahí, Creador y Destructor? Estas en todas partes, supongo que sabes quien me ha liberado de mis ataduras.
Silencio.
Nuevamente un silencio, que comenzó a extenderse por el pasillo y a trepar por los muros, subiendo como la espuma, lentamente, hasta cubrir todos los rincones.
— Supongo —murmuró— que es tu respuesta. En todo caso, no me interesa el no percibir tu voz: Hace tiempo dejaste de hablarme, y supongo que hoy no será la excepción.
Caminó hacia el enorme salón del final del pasillo, arrastrando su túnica blanca bajo su sobrevesta negra. Su cabello albo, probablemente, era lo único que lo revelaba como un antiguo ángel, el más bello de la creación, pero que había terminado por caer, a causa del orgullo.
Orgullo, algo que nadie aparte de El podía poseer.
Pasos cansados, casi silencioso. Desde el fondo del pasillo provenía un intenso olor a sangre fresca, y una silueta tambaleante no tardo en aparecer.
Lucifer se detuvo, y esperó a que ese humano —si se le podía llamar así a un cuerpo que se movía, aun cuando estuviese más muerto que vivo— estuviese cerca de el.
— Creí haberte mandado al otro mundo.
— Creíste mal.
Una sonrisa en sus labios morados.
— ¿Porque vienes a mi, si lejos mío tienes una muerte menos tormentosa?
La chica frunció el ceño, intentó hablar pero calló al suelo, arrodillada.
— Porque quiero saber el nombre de quien me ha quitado todo.
Lucifer se mordió el labio.
— ¿Me culpas a mi de tu debilidad?
— Me manipulaste…
— No, no fue así.
Mentir era algo que sabia hacer muy bien. Era fácil: fingir que solo tú tienes las respuestas correctas. Aparte, el sólo había señalado un par de puntos de vista, y no era culpable si ella los había interpretado como acertados.
— ¿Quién eres?
Lucifer se agachó in poco para tomarla por el cuello, y la levantó del piso, para después forzarla a levantar el rostro, para contemplarlo directamente a los ojos.
— Seré quien tu quieras que sea, pequeña—le susurró—. ¿Cuál es el nombre que quieres darme? ¿Satanás?, ¿Lucifer?, ¿Ángel caído? Anda, no es tan difícil—aplicó más presión al cuello—. En el transcurso de la historia me han dado muchos nombres, uno más no tendrá importancia.
La joven gimió y trato de zafarse de la presión, pero, poco a poco, sus fuerzas la fueron abandonando, hasta que, finalmente, sus brazos quedaron colgando a lo largo de su cuello. Lucifer, sin soltar el cuerpo de la muchacha, giró, provocando un efecto curioso: el cuerpo de la muchacha, en lugar de estar rígido por la muerte repentina y el rigor mortis, esta lánguido, laxo, parecía no haber poseído nunca articulaciones.
— Una muñeca de trapo —murmuró.
Y dio una vuelta completa, y le pareció tan gracioso el efecto de ese cuerpo, que se rió, como si fuese la primera vez —en mucho tiempo— que llevaba al cabo aquella acción.
Cuando le pareció aburrido su “juego”, tiró el cuerpo contra la pared más cercana, y lo que, hace un par de horas, era una niña, se deslizó lentamente, hasta que cayó pesadamente contra el piso de piedra, frío.
Entrecerró los ojos y la puerta del salón se abrió de par en par, chocando con las paredes aledañas, provocando un ruido que llego a sentirse en todos los rincones del pasillo.
— Pese a que Eres una teoría —murmuró, mientras entraba en el salón—, siguen creyendo en ti, ¿no? ¿Por qué creen en ti si en mi nombre no se ha llevado a cabo ninguna masacre? ¿Por qué consideran que eres pura bondad, cuando en realidad eres celoso, y como tal reservas todos los conocimientos y secretos, para ti? Por algo los expulsaste del paraíso, por eso me temen, por eso me quitaste lo que tenía: porque todo tiene que pertenecerte.
Pero no importaba ya mucho.
— Y ahora ha llegado mi turno —murmuró—. Lo primero, será destruir a Athena y todo el que se me oponga… Pero antes, tengo que encontrar al que me ayude a despertar a mis siete Baali (2).

***

Un bosque Irlanda del sur.
Ése había sido el lugar a Aetos de la constelación del Escultor había elegido como refugio, hace ya tanto tiempo que el mundo exterior le parecía parte de una dimensión a la cual le estaba prohibido.
No, mejor dicho, de la cual él voluntariamente había decidido aislarse, pero sólo él, porque tenía un hijo al que no quería aislar: el muchacho no tenía porque ser una víctima de las decisiones de su padre, aún cuando estuviera al corriente del motivo por el cual Aetos había renunciado al santuario y Athena, para internarse en un bosque, donde el pueblo más cercano estaba a cinco horas de caminata —y donde los caminos eran tan complicados que ningún automóvil podía transitar sin poner en riesgo sus amortiguadores— y en el cual los habitantes eran, en su mayoría, hablantes de Gaeilge (3).
Seiya maldecía internamente, por primera vez, que Marin hubiese invertido tanto tiempo en enseñarle griego, inglés y japonés, porque esos idiomas, lamentablemente, no le servían en los condados de minorías lingüísticas . Le gustaría que esa mierda de "la gente se entiende cuando se habla con el corazón, sin importar si hablan distintos idiomas" fue cierta, pero, lamentablemente, este día estaba de pesimista... Aparte que el maldito mapa no le ayudaba porque podía leer claramente la frase "Mapa de Dublín—1948" en el ángulo superior izquierdo de la hoja que le había entregado Hyoga.
Estaba más que dispuesto a cometer un asesinato y hacerlo parecer como un accidente —descartando la excusa del error involuntario— si las suposiciones del caballero de pegaso eran ciertas, así que le convenía a Hyoga tener un buen seguro de vida a la hora de dar las explicaciones por haberle entregado el mapa incorrecto.
Y no, en esta oportunidad no aceptaría perdonarlo para demostrar que tenía un sentido del humor, porque idiota no era, y no le agradaba estar caminando bajo la lluvia y sin rumbo fijo, con barro hasta las rodillas (se había caído dos veces), empapado como universitario después de una protesta disipada por el carro lanza agua de la policía, hambriento y, más encima, rodeado de personas que no daban el menor signo de saber ni siquiera como pronunciar correctamente el básico "Hello".
Convencido de que el mapita aquel no lo ayudaría más que el perderse o quedar como idiota si demandaba indicaciones y alguien, por casualidad, veía el pedazo de papel que debería estar en un museo y no en manos de un extranjero en la situación de Seiya, el caballero de pegaso, nuestro amado (y desventurado) héroe que no interferirá mucho en esta historia pero si en la siguiente, decidió doblar el mapa y tirarlo al interior de un basurero, junto al cual había un muchacho de cabello castaño y ojos grises, quien al verlo caminar rumbo al basurero se hizo a un lado y lo quedó mirando fijamente.
— ¿Eres del santuario, acaso? —le preguntó.
Seiya lo miró tranquilamente, con el ceño fruncido pero tratando de parecer animado y dispuesto a entablar una charla.
— Sí, ¿cómo te diste cuenta?
Él señaló la urna que el japonés cargaba a su espalda.
— Por eso —dijo, sonriendo dulcemente—. Creo que debería no ser tan evidente, señor.

Tres semanas atrás le había llegado una carta del santuario indicándole que, en vista de que había renunciado hace mucho tiempo a sus obligaciones de santo para con la orden y Athena, debía ir personalmente al santuario, llevando consigo a su hijo, quien tendría que usar un puesto en la orden para pagar su error. Obviamente Aetos se negó a esto último, pero accedió a la primera demanda ya que, como caballero, no servía de mucho, y su aporte era nulo.
Lo lamentaba por Donat, quién había sido un maestro severo pero bueno, abnegado y terco, y pero un buen maestro y caballero al fin y al cabo, que siempre tuvo confianza en su discípulo. Pero ni Donat ni los planes que tenía para su hijo eran importantes porque, sencillamente, el santuario no se había quedado de brazos cruzados y había enviado a un caballero.
— Me impresiona que lo hayan mandado a usted.
— A mi también — contestó el recién llegado, sonrientemente, colocándose una mano tras la cabeza—. En realidad, nunca pensé que me terminarían mandando en pos de un chiquillo —añadió, en un exceso de confianza que a Aetos le hizo fruncir el ceño, gesto que no paso desapercibido por Seiya, quién se puso serio y recuperó la distancia inmediatamente—. El santuario —dijo, bajándose el cierre del abrigo para introducir su mano derecha—. No, mejor Shion, el patriarca —especificó— le manda esta carta —dijo, sacando su mano y extendiéndosela al caballero de Escultor, quien tardó unos instantes en tomarla. Seiya lo observó voltear cuatro veces el sobre, con gesto nervioso, y el ceño fruncido, aunque con una expresión de resignación en el rostro.
— ¿Cómo es que se enteraron de mi paradero?
— Ni idea, pero me han dado la orden de regresar con el chico. Desconozco el contenido, pero supongo que si el patriarca manda una carta, es para pedir una reunión urgente o comunicar malas noticias.
— ¿Son esas mis opciones?
— No me imagino a Shion mandando una carta de saludos —contestó Seiya, tranquilamente.
Aetos no se reservó una mirada fulminante y asesina, y miró hacia la derecha.
—— Ya has escuchado suficiente de una conversación que no te competía, Attis —dijo bruscamente, al chiquillo que estaba de pie bajo el marco de una puerta.
— Si me competía, pero supongo que debo estar acostumbrado a que decidan por mi —contestó Attis, quien se retiró, ofendido.
Aetos abrió la boca para (muy probablemente) gritarle algo a su hijo, pero sus labios se cerraron sin que ninguna palabra hubiera salido de ellos.
"Vaya, que familia —pensó Seiya, sonriendo disimuladamente, mirándolos a ambos—. Los dos tienen el mismo carácter —y sus ojos se fijaron en Aetos—. ¿Porque tengo la impresión de que habría intentado matarme si su hijo no hubiera estado presente?"
Eso era lo más sano que podía pensar, pero, por lo que podía percibir, Aetos también habría sido capaz de matarlo frente a Attis para "mostrarle lo que les tenia que hacer a los enviados del santuario"
En eso, el caballero de Escultor giró su mirada hacia Seiya y... Milagro, toda ira parecía haberse disipado.
— Supongo que el santuario le hará bien —dijo Aetos, con el rostro menor tenso y una pequeña sonrisa dibujada en el rostro.
Seiya se desconcertó. Linda convicción la del tipo: Hace cinco minutos estaba dispuesto a matarlo para que su hijo no se fuera de Irlanda y ahora, simplemente, se alegraba.
¿O es que no estaba entendiendo bien las cosas y algún detalle se le estaba escapando? Si era así, tenía que comenzar a ser más observador y aprender a descifrar eso del lenguaje no verbal.
— ¿Porque no deja en el piso su armadura y se va a dar un baño? Yo le llevaré ropa limpia para que se cambie y después venga a comer algo, que un viaje desde Grecia debe ser agotador.
En ese mensaje estaba, implícitamente, dada la invitación de pasar la noche.
Ser amable no era malo y, en cierta forma, Aetos veía que de esa forma reparaba el mal rato que le había hecho pasar al caballero de pegaso, con quien se había enfadado injustamente, ya que el chico sólo cumplía órdenes.
— No... No se preocupe, no es necesario —dijo Seiya, involuntariamente.
Aetos lo miró en silencio y después se acercó a la ventana. Corrió las cortinas y echó una mirada al exterior antes de voltearse a mirar al caballero de pegaso.
— ¿Tanta urgencia tiene por regresar al santuario, con esta lluvia?

Notas

(1) Ese es el nombre que he decidido asignarle a los dioses principales: Zeus, Poseidón, Hermes, Apolo, Dionisio, Hades, Ares, Hera, Artemis, Athena, Hestia, Afrodita y Demeter.
(2) En “La mascarada”, un juego de rol de vampiros, ese es el nombre de una raza de vampiros demonios. Me gustó el nombre para los secuaces de Lucifer, así que decidí tomarlo
(3) Es un idioma hablado como lengua nativa en la isla de Irlanda por cerca de 194.000 personas, predominando en las regiones occidentales rurales de la isla.
Lissy
¡Leonore! ¿Me extrañabas? Jajajaja... olvida eso.

Es magnífico encontrar tu historia por aquí, pero... aquí entre nosotras... ¿crees que algún día Hades-sama dejará que logré leer tus fics completos? Parece que el muy bastardo siempre se interpone.

Como sea, yo espero que sí. Wow. Mi primer post apenas em31.gif (ignora ese monito XD)

leonore thompson
Hola,

CITA(Lissy @ May 29 2007, 12:27 PM) [snapback]217367[/snapback]

¡Leonore! ¿Me extrañabas?


No te imaginas cuanto, niña sob.gif

CITA(Lissy @ May 29 2007, 12:27 PM) [snapback]217367[/snapback]

¿crees que algún día Hades-sama dejará que logré leer tus fics completos? Parece que el muy bastardo siempre se interpone


El desgraciado me odia. Me aborrece. Lo peor es que el comenzó con el bashing contra mi antes de que yo comenzara el de él.

CITA(Lissy @ May 29 2007, 12:27 PM) [snapback]217367[/snapback]

em31.gif (ignora ese monito XD)


Sólo si tu ignoras el que yo puse XD

Ahora...

Capitulo tercero: De todo un poco
Por Leonore Thompson

Notas:
  1. No soy muy amiga de la saga de Asgard, asi que si hay un país de los hielos eternos, ese es “Bluegard”.
  2. Reclamo autoría sobre el grupo “Los hijos del Averno” y sus integrantes. Advertidos están.
La puerta estaba abierta lo suficiente para filtrar un poco de luz a la enorme biblioteca, haciendo que su sombra entrase alargada. Si iba, no era para acompañarlo y mucho menos para mitigar su dolor y sufrimiento: Era porque queria decirle algo ─algo que hace tiempo tenia guardado y no seguiría guardando por más tiempo─, pero al memento de abrir la puerta, no pudo hacer otra que cosa que contemplarlo. Contemplarlo desde la entrada de la enorme biblioteca, con miedo a entrar, como si el hombre delante de ella fuese un desconocido.
Desde la muerte de su padre, Piotr, no podría decirse que tenían la mejor relación del mundo, pero eso no quitaba el hecho de que se preocupara por él, aunque fuese de una manera inconsciente y siempre terminara coincidiendo con él en algún lugar del castillo.
Aún le quedaba aprecio, aún le quería bien, y aún deseaba desde el fondo de su corazón el despertarse y desayunar junto al mismo muchacho idealista y soñador que había sido antes de su destierro. Pero entonces, pensaba en lo que su regreso había ocasionado, y recordaba el sufrimiento que le había dado al matar a su propio padre. A Piotr, al hombre que durante toda su vida había intentado inculcarle el valor y el significado del honor, que ser valiente no significaba buscar alguien a quien someter, si no que levantar las armas contra el que pretendía dañar a tu pueblo. Pero esta mezcla de sentimientos la asustaba, la inquietaba porque no sabía qué hacer o qué decir.
Si Alexer no hubiese sido tan cabeza dura, tal vez todo hubiera sido distinto. Muy distinto, tal vez demasiado.
─ Natassa ─una voz rompió el hilo de sus pensamientos, y, sobresaltada, se dio cuenta de que había estado viendo a su hermano sin verlo. De echo, por unos segundos, olvidó el motivo de su visita. Lo que venía a hacer.
─ Yo...
Alexer la miró desde la distancia, con la túnica negra y la gruesa capa ondeando contra el viento. En su rostro, había una sonrisa leve y una mirada ida.
─ Creo que deberías entrar, o te enfermaras... ─dijo tímidamente ella, llevándose una mano cerrada en forma de puño sobre su pecho, en la zona bajo la cual latia su corazón.
─ No era eso lo que me venias a decir ─advirtió él.
Natassa lo miró impresionada, alzando las cejas, haciendo que sus ojos se vieran más grandes, más azules, más brillantes.
─¿Que me venias a decir?
─ Nada.
─ ¿Nada, te ha dejado tan impresionada?
Ella bajó la mirada, y unos mechones ondulados calleron delante de sus ojos, cubriéndolos por completo. Dejó caer ambas manos a lo largo de su cuerpo.
─ Nada ─exclamó─. No te he venido a decir nada.
Alexer frunció el ceño, al comprender lo que ella le venía a decir, pero prefirió guardar silencio.
─ Entiendo ─dijo él secamente. Caminó hacia su hermana y se detuvo delante de ella ─. Permiso, tengo que pasar. Hay asuntos que tratar.

Frente a ellos, cinco tipos. Todos altos, de cabello largo y desordenado, vestidos como para ir a una fiesta del día de las brujas celebrada en viernes santo. Y no es que fuesen prejuiciosos, ni tuviesen nada contra los jóvenes actuales, pero les parecía choqueante ver a tipos tan desaliñados, con más pinta de ser traficantes de estupefacientes que músicos.
— Bien…—comenzó Eaco— , ¿Cómo han dicho que se hacían llamar?
— “Los hijos del Averno”, hermano—le contestó el melenudo de cabello negro, que, al parecer, aun creía que había muerto volando, cuando en realidad se había volteado el automóvil donde iban.
— No soy tu hermano —repuso el juez seriamente—. ¿Y a quien se le ocurrió tal nombre, si me permiten saberlo?
— Lo debes tener anotado en tu expediente, bro —le contestó el de cabello castaño, aun bajo los efectos de cinco botellas de vodka y quince porros.
Eaco frunció el entrecejo, ante lo cual Minos decidió poner manos en el asunto.
— Leeré sus nombres, así que, cuando los escuchen…
— YO,YO, YO,YO,YO,YO —empezó gritar, eufóricamente, el de pantalones negros, , aparentemente, aún bajo los efectos de cinco pastillas de éxtasis y medio vodka naranaja—, ¿levantamos la mano?
— No —dijo lacónicamente Minos.
— ¿Damos un paso hacia delante, nos cuadramos como los militares y la primera y última palabra que escupimos es «señor», como si usted fuses el sargento de «Full metal Jacket»? —preguntó, al parecer, el más listo de los melenudos.
— ¿Como sería eso? —exigió saber Radamanthis seriamente, con la espalda bien recta contra el respaldo del sillón, ambos codos apoyados sobre los brazos de su trono y la llema de los dedos índices y medio de su mano derecha sobre su sien diestra.
— Señor, así, señor —fue la respuesta del ahora no tan listo integrante del grupo, cuadrándose antes de lanzar ese potente grito.
Minos se golpeó la cara con la mano, sintiendo que su paciencia comenzaba a agotarse. El problema de tratar con muertos es que no los puedes matar por segunda vez, así que tienes que soportarlos. Aparte, se considera políticamente correcto masacrar a un enemigo, pero cuando se trata de alguien que podría llegar a ser un espectro y, por consiguiente, tu compañero de orden… Las cosas cambiaban, a favor o en contra tuya, pero cambiaban drásticamente.
— No ─repuso Minos, seriamente, frunciendo peligrosamente el ceño─, levantas la mano, das un paso adelante y te leo la sentencia.
Los sujetos parpadearon perplejos. Al parecer, no estaban acostumbrados a los enunciados largos.
— ¿Podrías repetirnos eso, pero resumiendo? ─preguntó el baterista.
Formar una frase correcta y conjugar sus verbos adecuadamente, parecía algo extraordinario en un grupo jóvenes salidos de una sociedad con un sistema educacional tan ineficiente (los tipos eran norteamericanos, pero para Radamathis, todo lo que estuviese fuera de Inglaterra era ineficiente) como lamentable.
— Yo me rindo —declaró Radamantis, poniéndose de pie—. ¿Por qué la entrevista?—gritó, mirando a Eaco y Minos, sentados en sus respectivos tronos, a su derecha—. Somos jueces, no abogados. Nuestro trabajo se reduce a decir donde se van.
— Tienes razón —coincidió Minos—, pero tenemos que cumplir con un protocolo.
Siempre el protocolo… Maldito el protocolo. Maldito el inventor del protocolo y todos los que se apegaban a el, en un mundo donde ser educado o no había sido reemplazado por la cantidad de ceros que seguían al nueve de tu cuenta bancaria.
Lamentablemente en la cuenta bancaria de Radamanthis no habían muchos ceros, pero aún así, como autoridad en el mundo de los muertos (donde el estatus SI importaba) tendría que lidiar con el protocolo.
Mejor suerte para la próxima, Rada.
─ Para protocolo esta Lune de Balron─djo el inglés.
─ Sí ─dijo Eaco, algo cabreado─, pero Lune esta de vacaciones.
A ninguno le gustaba hacer el trabajo de otro, y mucho menos sentir que se lo estaban quitando a alguien, pero desde el principio los tres jueces, de manera individual y secreta, habían decidido hacer su mejor esfuerzo.
Aunque después de dos semanas, sencillamente, querían que Lune regresara de «sus vacaciones» para largarse ellos del Hades por un tiempo.
─ Y regresa la próxima semana.
─ Si es que los doctores de la clínica de retiro no deducen que necesita más tiempo de descanso─añadió Zeros (¿Y éste cuando se sumo al capitulo?), quién puso pies en polvorosa al sentir la inquisitora mirada de los tres jueces.
— Siéntate, Radamanthis —se escuchó una voz masculina, repentinamente.
Parecía venir de todos lados.
─ Señor Hades... ─murmuró Eaco.
Hades les hablaba por telepatía, desde su palacio en los campos Eliseo.
— ¿Qué es lo que los detiene?─quiso saber el dios─. Hace rato que no llevan a cabo una sentencia.
— Señor, estos mortales…─comenzó Radamanthis.
— Únicamente son mortales─repuso Hades─. No pueden causarles tantos problemas.
— Orale, bro…—dijo el de cabello negro, bastante más lucido que antes, mirando a todos los lados que le eran posibles—. ¿Lo escuchan?
— Salve el rey serpiente (1)… —dijo el baterista─. Larga vida a «la serpiente emplumada»
Los tres jueces se voltearon lentamente hacia el que había hablado al último.
— Ven —dijo Minos, en un tono falsa y peligrosamente dulce, llamándolo con su dedo índice—, ¿Cómo te llamas?
— Jack Sparrow —contestó con una amplia sonrisa.
— Bien… Jack —murmuró leyendo el expediente de Jack—. Aca aparece que te llamas Norris.
─ Mentí.
Minos cerró con ambas manos el expediente.
─ Creo que te iras al tártaro.
En el mundo de los muertos, se podía tratar a Athena de lo que fuese más apropiado, pero comparar al rey con un reptil era inaceptable.
A fin de cuentas Hades era una deidad griega, no Azteca (2)
— ¿Ese es el lugar donde hay harta salsa tártara? Genial, porque me encanta, sobre todo con hot-dogs.
Los tres jueces se quedaron en silencio, mirándolo, dudando si reír o empezar a hacer un estudio sobre las drogas moderna. Porque no podía continuar drogado después de muerto…
— ¿Conoces la palabra infierno?
— Vengo de ahí. Mi familia era impresionantemente sádica.
— ¿Te golpeaban mucho?
— No, iban a misa todos los domingos…
Minos comenzó a considerar la opción de hacerse el sappuku (3), pero recordó que Hades era bastante quisquilloso cuando se trataba de el aseo, y no le agradaba que las lozas de sus propiedades estuvieran manchada de sangre.

─ ¿Asi que eres el hijo de ese idiota?
─ Según el acta de nacimiento, sí. Él es mi padre, aunque tengo mis dudas al respecto.
Canon sonrió. El chico tenía humor, y tal vez podría usar ese comentario para hostigar a Aetos. A fin de cuentas, entre los «veteranos», su mal humor era muy conocido.
─ ¿Tienes, al menos, idea de porque te encuentras acá?
─ Según puedo deducirlo, mi padre me entregó como forma de pagar una deuda.
─ ¿Que te hace pensar eso, chico?
─ Que nunca me explico los motivos de este viaje, o al menos me mintió.
─ ¿Que te dijo?
─ Que me iria de alumno de intercambio, aunque creo que esa mentira se tendrá que convertir en verdad cuando mi vieja se entere que estoy fuera de irlanda.
Canon arqueó una ceja, divertido.
─ ¿Porque Aetos convertiría una mentira en verdad?
─ Porque cuando mi madre regrese de Dublin y no me vea, exigiría saber mi paradero. Si conozco bien a Aetos, él le dira que me fui de alumno de intercambio ─Attis se las ingeniaba para mantenerse serio mientras decía todas esas tonterías, lo cual aumentaba el nivel de hilaridad de la situación─. Lo cómico es que no existen muchos chicos interesados en aprender el gailge.
─ Eso no contesta a mi pregunta ─señaló Canon─: ¿Porque Aetos convertiría una mentira en verdad?
─ Porque es un mandilón.
Saga frunció el ceño.
─ No deberías expresarte asi de un caballero.
─ Es mi padre.
─ Con mayor razón deberías respetarlo.
Attis miró a Saga en silencio.
─ Pues hasta ahora el no me ha dado argumentos para respetarlo como caballero o como padre─confesó.
Saga frunció el ceño mientras daba un sorbo de cerveza. Finalmente, dejo de lado el vaso y se limpio los labios con una servilleta de género.
─ Y a mí no me deberías hablar en ese tono de voz.
─ Realmente lo siento, señor ─dijo Attis muy bajito, ingeniándosela para parecer tímido y avergonzado.
Lamentablemente, eso no engañaría a dos maestros del engaño y el cinismo, aunque admitieron que ese había sido un buen intento.
Era miércoles en la tarde, y hace dos semanas habían regresado del mundo de los muertos. Y claro, Saga era oficialmente maestro hace doce horas, pero el mayor de los gemelos había dejado que el chico se tomara ese día para descansar... Y que se repusiera del viaje para estrujarlo el jueves, donde mediría sus habilidades, sus destrezas, sus virtudes y sus flaquezas.
Y claro, pondría especial atención en sus defectos como aprendiz, para sacárselas en cara a Aetos y hacerlo enfadar. Aunque claro, aún tenía que saber algo medianamente importante, pero muy insignificante.
─ ¿Cuantos años tienes?
─ Quince
Saga lo miró en silencio, sin poder ocultar su asombro.
─ Pensé que tenias trece.
─ Siempre he aparentado tener menos edad de la que en realidad tengo─contestó el chico, seriamente.
Saga lo quedó observando, seriamente.
─ Ah ─dijo finalmente, sin ningún interes─. Ya tendremos tiempo para cambiarte esa apariencia de chica.

Saori, sentada tras un gran escritorio, frunció el ceño.
— ¿Dices que todas estos papeles han llegado hoy? —preguntó, invisible tras el cruel montón de carpetas, papeles, expedientes y deudas.
— De hecho, más de la mitad son asuntos atrasados. Tenemos suerte de que sus abogados hayan logrado frenar las denuncias por retraso de pago de las compañías implicadas.
— Salvando a la Tierra uno no tiene mucho tiempo para preocuparse de estas cosas─se quejó la diosa.
— Desafortunadamente, casi nadie sabe que usted es la diosa protectora de la Tierra ─le repuso el patriarca, tranquilamente─. De modo que, en vista de las circunstancias, tiene que responder a sus deberes como millonaria, diosa e inversionista principal en asociaciones sin fines de lucro.
— ¿Puedo contratar contadores personales?
— Puede, pero no se lo recomiendo. Si son personales tendrían que pasar acá. Mantenerlos tranquilos no me costaría, pero el problema surge en traer civiles a un lugar que, supuestamente, tendría que ser secreto.
— …
Shion miró unos instantes a Saori, en silencio.
— La dejo tranquila, para que se ocupe de sus asuntos con calma─anunció el patriarca─. Yo, mientras tanto, me ocupare de mis obligaciones como Patriarca.
Sin embargo, Saori aun tenía algo que decir.
— Shion, digale a Tita que me mande un café bien cargado y sin azúcar.
— Eso no es bueno para su salud, porque se desvela.
Saori hizo caso omiso del comentario.
— Lastima que no se puedan obtener beneficios económico por salvar al mundo… —murmuró, mientras comenzaba a leer el primer expediente: «Propuestas ambientalistas para no alterar el ecosistema del santuario de Athena», mandado por Greenpeace.
Ahora, la pregunta del millón:
─ ¿Como es que los de Greenpeace se enteraron del ecosistema del santuario de Athena, y más concretamente de su existencia?
─ No tengo idea ─contestó el patriarca.
─ Pues quiero que lo averigüe─ordenó Saori.
Shion se retiró sin decir nada, pero en el interior se sentia algo desconcertado y enfadado por el comentario de Saori, quien sonrió satisfecha. Shion, probablemente, si se enteraba, se sentiría humillado y ridiculizado, pero Saori adoraba causar algo parecido al enfado en él. Era divertido verlo contener su ira o un buen sermón, tan sólo porque ella era la diosa y para él la palabra de Athena era lo más sagrado.
Si, claro, Saori adoraba que la respetaran, pero nunca nadie había dicho que los dioses no poseyeran sentido del humor. Y si, eran famosos por sus explosiones de ira, celos, por el rencor que podían guardar y el ahinco con el que se vengaban de los que osaban ofenderlos, ¿pero el sentido del humor, era algo sólo de humanos, acaso?


Notas:

(1)Alusión a una canción de «The doors» llamada « crawling king snake»
(2) Quetzacoatl, la serpiente emplumada, dios azteca representante de la dualidad inherente a la condición humana: la "serpiente" es cuerpo físico con sus limitaciones, y las "plumas" son los principios espirituales
(3) El seppuku (o hara-kiri) es el término japonés empleado para denominar un suicidio ritual por desentrañamiento. Se conoce al acto del Seppuku, también, como hara-kiri. En Japonés «hara-kiri» no se usa comúnmente, ya que tal término es considerado vulgar y grotesco. Era una práctica común entre los samurais, que consideraban su vida como una entrega al honor de morir gloriosamente, rechazando cualquier tipo de muerte natural. Por eso, antes de ver su vida deshonrada por un delito o falta, recurrían con este acto a darse muerte (tal y como significan esas palabras, Hara-kiri: "cortadura de vientre"). La práctica de obligar a la muerte por medio del Seppuku por orden de un amo es conocida como «oibara» o «junshi». El ritual es similar.
Lissy
Pero... "Los Hijos del Averno" son de lo mejor. Creo que son los primeros que han logrado sacar de sus casillas a los jueces XD ¡MATEN A ZEROS! @__@ Cof, eso no tiene nada que ver por acá u__u

Leonore, releyendo tu fic me he reído mucho XD Esperemos que esta vez si me entere de como acaba *0*
leonore thompson
Capitulo cuarto: Saga de Géminis v/s Manchitas
Por Leonore Thompson


— Bien, ya estoy acá —murmuró Saga.
Se notaba algo cansado y fatigado, pero era comprensible: El viaje en avión había sido desde Grecia hasta Santiago de Chile, y después una agotadora travesía desde la capital nacional hasta la ciudad de Castro en un bus de dos pesos y sillones lo suficientemente grandes como para dormir un par de horas cómodamente, y, de ahí, había tenido que caminar hasta llegar a un rustico Puerto en el cual había abordado un ferry para lidiar con un viaje de tres horas.
Y después de esa odisea, había arribado a una pequeña aldea, donde los turistas parecían algo extraño e inusual como la naturaleza indómita —bosques frondosos, con árboles tan altos como si quisieran llegar al cielo, eternos con su verde esmeralda que hacia parecer mas alto y azul el cielo libre de contaminación y sin nubes.
— Un lugar hermoso —murmuró Saga, contemplando el mar desde la orilla de un playa de olas suaves—. Supongo que deberia aprovechar esta playa, ya que de noche no la podré ver.
De noche, toda la playa desaparecía bajo la marea alta, de modo que, para evitar que el desborde llegase al pueblo, la playa estaba delimitada por un muro alto, de cubos de piedra áspera y resistente.
Y, repentinamente, entre el oleaje tranquilo, apareció una figura: una vaca obesa, con retorcidos cuernos y ojos brillantes y luminosos, nadando muy veloz, impulsada por sus patas, en forma de grandes aletas, semejantes a la de una foca (1)
— Esto nadie me lo creerá… —murmuró, sonriendo amplia y burlonamente.


Canon frunció el entrecejo, fastidiado. De pie, con los brazos crusados, observaba al discípulo ajeno que tenía que entrenar hasta que Saga llegara. Y no es que le desagradara el muchachito del todo, si no que, sencillamente, para él era un castigo el preocuparse de problemas ajenos.
Saga estaba medianamente justificado por haberse ido bien lejos a destruir a un animalejo que no tendría porque estar en los bosques australes del sur chileno, pero estaba enfadado y no lo podía ocultar, y mucho menos recapacitar sobre la magnitud de los castigos.
Si, Attis había sido bastante osado e insolente al darle una paliza a esa chica y después quitarle la mascara como «recompensa por perder su tiempo con una basura como ella», pero si no hacia algo al respecto, los demás aprendices dedicación que Attis no había hecho nada de malo y lo repetirían, y ahí Canon tendría problema con los otros maestros y con Saga, por no haber puesto en orden las cosas.
Ni modo, por lo visto Attis tendría que sufrir otras dos horas haciendo los abdominales en esa barra horizontal, bajo el ardiente sol de la Grecia estival.

De noche, el clima cambia. En el norte de Chile, donde estaba el desierto más árido del mundo, la temperatura suele descender hasta un punto que hacia extrañar el calor; en el centro, la temperatura es estable, con un clima mediterráneo, aunque algo seco, mientras, en la costa, unas pequeñas variaciones térmica, debido a que el mar actuaba como regulador térmico… Y en el sur, frío, humedad.
Este clima tan desgraciado había hecho que Saga hubiese traído la ropa menos apropiada para un clima como el del archipiélago de Chiloé, donde el verdor y exuberancia de los bosques se debía a la gran cantidad de agua que caía.
—Al menos, hay una casa donde llegar… —murmuró Saga, quien vestía pantalones de mezclilla, zapatillas y polera. Pero, lamentablemente, la tenida era lo que menos importaba: el estaba estilando, y eso no le gustaba nada de nada.
En ese momento caminaba en un bosque de frondosa vegetación, haciéndole, como podía, el quite a las ramas, tratando de evitar no caer al suelo, donde el barro abundaba.
Un relámpago iluminó el firmamento, retumbó un trueno… Y la lluvia adquirió más fuerza, con rabia, con ira. Lo que no llovía en el santuario, llovía aquí, y eso era mucho que decir.
Ocho metros más adelante, un penetrante olor se les metió por las fosas nasales. El aire tenía un potente olor a sangre y carne descomponiéndose. Inmediatamente, hicieron presión sobre los bordes de sus narices, cubriendo sus fosas nasales lo suficiente para que un poco de aire les entrasen —una muerte por auto-asfixia no era la definición de "muerte honorable" en el Santuario, y no se consideraba como "morir en el combate". De echo, era un tipo de muerte idiota que pasa a la historia como algo para bromear y reír.
A medida que avanzaba, se percató que el olor provenía de cadáveres desmembrados de pescadores rurales, que habían sido empujados a aquel lugar casi por accidente. Mas que miedo, Saga sintieron asco por el estado en que estaban los cadáveres.
— Esto no me gusta… —murmuró Saga, frunciendo el ceño, dejando de hacer presión en su nariz, decidió a aguantar el olor a como diera lugar.
Poco a poco, el bosque pareció perder naturalidad: el piso se tornó firme, como el suelo de un templo, los árboles comenzaron a disminuir hasta que llegó a una escalinata de piedra, la cual servía de acceso a una plataforma grande y circular, en cuyo lado este habia una enorme columna.... Estilo griego.
— Que lugar más raro...
Y, en el centro, había una criatura grande con reluciente armadura y una cadena que restringía un poco sus movimientos. Tenía la piel negra, filosos dientes, temibles garras y sus globos oculares eran de color negro, lo que había relucir sus iris color plata y sus centellantes pupilas.
Un dragón... Bastante colmilludo y feo, a decir verdad.
Sin embargo, luego de la leve impresión que le causó la presencia de una criatura como esa en un lugar como éste, a Saga le comenzó a molestar una pequeña duda: ¿Qué clase de maniático excéntrico se atrevía a poner como oponente a un dragón con armadura?
— Por lo visto uno muy astuto —murmuró el caballero de Géminis.

— Canon, ¿que tal malo fue lo que hice en la tarde?
— No tan malo desde mi punto de vista, si me lo preguntas. En todo caso, yo que tu, evitaría estar solo por mucho tiempo.
Attis guardó unos instantes de silencio.
— ¿Las chicas atacan en grupo acá?
— A eso se le llama «solidaridad femenina», y no es visto como algo incorrecto… Al menos según las mujeres.
— ¿Y que pasa con los hombres?
— Piensan que sólo un maricón se deja vencer por tantas chicas a la vez, por lo cual te recomiendo entrenar muy duro.
— Si quiero devolverle a mi padre todos esos golpes, creo que debo hacerlo.
Canon se quedó mirando a Attis unos instantes en silencio antes de progenitor:
— ¿Acaso eres vegetariano, que no comes carne?
El mustachio asintió en silencio, haciendo que Canon suspire hondamente.
— Fenómeno.
Incluso en el santuario ser vegetariano era algo para ser tildado de estrafalario.


Saga dio un brinco hacia atrás, para esquivar un coletazo por parte de Manchitas. Esta, sin embargo, no se quedó tranquila y lanzó otro coletazo, esta vez en forma horizontal; Saga se agachó, ya que este se elevó un poco, lo que lo habría herido de haber saltado. Una vez en el suelo, Saga se vio forzado a levantarse de un brinco y correr, ya que ahora Manchitas habían empezado a intentar aplastarlo con la pata.
—Esto es humillante—pensó Saga.
Le gustaba estar cara a cara con su contrincante, pero en esta oportunidad estaba contra un dragón y no contra un ser humano.
—¿Qué haré?—pensó, mirando hacia todos los lados posibles.
De repente, su vista se topo con dos objetos: un escudo que le pareció resistente y una espada que casi dejaba como mondadientes la de la armadura de libra, sin embargo, se veían difusos, como si fuesen un espejismo.
Saga se restregó los ojos y los objetos adquirieron una apariencia más estable.
—¡Eso es!—murmuró, casi imperceptiblemente.
Miró al dragón para ver si había notado algo extraño, pero este se alejó un poco. Aprovechando esto, Saga corrió hacia los objetos que habían llamado su atención. Tomó la espada y el escudo, introduciendo su antebrazo en la abrazadera de éste.
—Es una lástima que tengas que ser destruido—le dijo al escudo. Era una obra de arte y daba algo de pena hacerle el menor rasguño, pero no había mucho tiempo para meditar: Manchitas lo había visto y se acercaba hacia él.
—¡Vamos!—le gritó a Manchitas, blandiendo su espada y colocando su escudo delante del dragón, para amortiguar un poco la fuerza del zarpazo, si es que se animaba a darle uno—. Acércate, maldito—apremio.
Blandió su espada y puso el escudo delante suyo, amortiguando el esperado zarpazo. En un principio temió haberse lastimado algo, pero, para sorpresa suya, el escudo era muy resistente.
Bastante resistente, a decir verdad. Seguramente había algún dios detrás de la llegada del escudo.
Rápidamente, lanzó un golpe con su espada, cuyo filo comprobó al ver como el dragón retrocedía emitiendo un fuerte rugido, lleno de cólera.
Sabía que podía derrotar al enorme animal con su cosmos, pero no quería hacerlo: su orgullo en esta oportunidad lo impulsaba a usar sus habilidades, ayudándose sólo con la espada y el escudo.
—Esto no parece tan difícil….
Saga puso su escudo delante de él, evitando que Manchitas "le diera un besito". Aprovechando que el dragón aún no echaba la cabeza hacia atrás, hizo una estocada, pero el animal se movió astutamente, haciendo que Saga de un solo golpe... rompiera la cadena.
—...
Saga alzó la mirada, y tragó saliva.
Manchitas, por su parte, lo quedó mirando fijamente, y el gemelo de Canon tuvo la impresión que el dragón, de haber sido humano, se habría reído de él.
Pero Manchitas no se movía; lo miraba como si quisiera, con su mirada, medir la verdadera fuerza y agilidad de su oponente.
—¿Te parezco gracioso, colmilludo? ─murmuró─. Apuesto a que eres un idiota; por eso tus antepasados se extinguieron.
Saga se agachó, oportuna y rápidamente, un par de segundos antes que la cola de Manchitas rompiera en dos la columna. Aprovechándose de la situación, dio un gran salto sobre la cabeza de Manchitas, pero esta se giró y le dio un coletazo, mandándolo contra ;a columna, en la cual se quedó incrustado unos instantes antes de caer pesadamente sobre el suelo.
Saga se incorporó dificultosamente.
Saga se quedó contemplando a Manchitas, con la espada aun empuñada.
—Mierda... —murmuró.
...Pero algo en la armadura de su oponente brillaba. Era un fulgor blanco, ubicado justo en lado del corazón.
Le vino a la cabeza una idea.
—Bien... El todo por el todo —echó la espada hacia atrás y le aplicó toda su fuerza, lanzándola contra el pecho de Manchitas.
Un grito sobrehumano hizo retumbar los cimientos de la plataforma. El dragón había sido derrotado y cayó pesadamente en el suelo, manchando rápidamente el piso con sangre. Abrió los ojos lentamente y miró a Saga tristemente. Lanzó un débil rugido antes de volver a cerrar sus ojos, esta vez para siempre.
Saga se mantuvo quieto, alejado prudentemente del dragón. Su pecho se agitaba violentamente bajo la armadura dorada de Géminis. De improvisto, el escudo comenzó a brillar, y se esfumó, desintegrándose en una infinidad de partículas que se elevaron al cielo.
Se quedó mirando al cielo, con la cabeza hacia atrás, dejando que la lluvia le golpeara el rostro.
—No fue tan difícil…—murmuró.
Un fuerte viento, proveniente del mar, se concentró entorno al cuerpo del dragón. Al cabo de unos instantes, había un gran esqueleto y la armadura y la espada habían desaparecido.
—Fue muy fácil—pensó, mirando el enorme esqueleto.


Lucifer recordaba sus tiempos junto a su Creador como si fuesen parte de un sueño lejano, que queda grabado en la memoria por la intensidad que te hace sentir mientras estas con los ojos cerrados. Sin embargo, ese sueño terminaba abruptamente, como si, de golpe, te arrojaran al mundo de lo grotesco y tenebroso.
—Pero, a fin de cuentas, nada importa ya.
Su castigo en el tártaro había consistido en una oscuridad total, alejada de todos: una soledad a medias, ya que sus recuerdos le servían como algo parecido a acompañantes, aun cuando, supuestamente, su lugar tendría que estar en el infierno cristiano y no en el griego, hacia donde se iban las almas demasiado malas para ser aceptadas en los otros infiernos, y no porque el Hades fuese algo mirado en menos: sus castigos eran legendarios y conocidos, y los rebeldes —como él— o demasiado pecadores iban a dar a el.
De la primera guerra santa conservaba una herida provocada por la lanza de San Miguel Arcángel, la cual, en lugar de matarlo, le había proporcionado un sueño que se había terminado de golpe, con agua fría contra su rostro.
Abrió los ojos parpadeando, aturdido, sin llegar a comprender nada de nada.
— Hermoso, ¿no? —dijo una voz.
— Si, pero recuerda que esta acá como pecador —le contestó otra voz.
— Y el peor —añadió, enfáticamente, una tercera.
Lucifer escuchaba las palabras, las cuales entraban a sus oídos pero no alcanzaban a formarse en frases coherentes y, por consiguiente, no entregaban mensaje alguno.
La voces eran un eco lejano y difuso.
— ¿Dónde estoy? —musitó.
Trató de moverse, pero su movilidad estaba restringida por grilletes.
— La tuya —le dijo, la primera voz—, fue mala suerte ya que un caballero de Athena resultó ser Miguel, ¿no?
— ¿Athena?
— Le entregas mal la información, Minos —le contestó la segunda voz, y al alzar ligeramente la mirada, Lucifer vio que el que hablaba en ese momento era un hombre rubio y mirada severa—. Los caballero de Athena lucharon contra él, pero la intervención del arcángel sólo se llevo a cabo cunado sólo dos quedaban en pie.
— Cierto, Radamanthis…
Minos se acercó a Lucifer y le tomó el rostro entre sus manos, para forzarle a mantener los ojos fijos, dirigidos hacia los del juez del infierno.
— No se te ha sido privado de poder ni de belleza… Sólo has sido confinado al Tártaro, a sufrir eternamente en soledad, silencio. Probablemente nunca salgas de este lugar, así que será un castigo apropiado para un bastardo como tu.
Sólo ahí comenzó a entender todo. Intentó moverse nuevamente, pero algo en su espalda le ardió, lo lastimo, como una herida que estaba a punto de cicatrizar y, de plano, por un movimiento brusco, se vuelve a abrir, ardiente, sangrante, dolorosa.
Gritó y desistió. Cabizbajo, tuvo ganas de llorar, pero las lágrimas no salían. Y ahí fue cuando Lucifer, por primera vez, experimentó lo que era la tristeza y que cuando uno la experimentaba, lo mejor era llorar, porque, de lo contrario, el sentimiento se vuelve desesperante, casi cruel.
— Te han arrancado las alas mientras estabas inconciente —murmuró Minos, gravemente—. Ya no las necesitaras… Al menos, no en el Tártaro. Las heridas cicatrizan —dijo, mientras Radamanthis y Eaco se retiraban en silencio.
Y Minos fue el ultimo en salir.
Y, al cerrar la puerta, Lucifer pensó que nunca más se volvería ha abrir… Hasta que llego Hades con su propuesta, con su sed de venganza que, sin saberlo, Lucifer había incitado desde su celda.
Porque en el transcurso de los milenios había aprendido a usar sus poderes. Y no le importaba que Hades lo hubiera liberado…
En esta oportunidad, destruiría todo, para instaurar un orden en el cual el nombre de los dioses pasaria al olvido. Una nueva historia, en la cual el sería el protagonista.
— Señor Lucifer, señor Lucifer.
El ángel caído abrió los ojos lentamente.
— Ah, sólo ha sido un sueño… ¿o un recuerdo? —murmuró.
Y miró a su interlocutor: un hombre con piel color cenizas, moradas uñas largas y armadura roja.
— Malebranche —musitó—, ¿a que se debe tanto grito?
— Algo terrible, mi señor: Hades lo ha traicionado.
— Una ilusión que yo mismo le he mandado a Athena —contestó el ángel caído, ocasionando un instante de estupor y confusión en el sirviente—. ¿Es todo?
— No, un caballero dorado ha matado a Draghignazzo —contestó el demonio.
Lucifer sonrió.
— Era de esperarse que el Santuario no tardase en tomar cartas en el asunto, aunque probablemente ahora estén en guardia.
— Pero… señor.
— Tranquilo, Malebranche, tranquilo. Tiempo es lo que más tenemos.
— Si me permite, señor.
— Los baali están durmiendo en el equivalente cristiano de la estatua de Athena…—murmuró Lucifer—. Encontrar al mortal con el valor para entrar y romper el sello es nuestra prioridad, por el momento.
Malebranche se arrodilló delante de su señor.
— Como lo diga —dijo, iracundo, pero conteniendo su sentimiento lo mejor que podía. Se incorporó y caminó hacia la puerta, pero la voz de Lucifer lo hizo detenerse a un par de metros de esta.
— Te conozco, por eso te prohíbo tajantemente que tomes alguna acción contra mi voluntad, ¿has entendido?
— Como usted diga —contestó Malebranche rígidamente, antes de retirarse.


Notas:
(1) La descripción corresponder a la "vaca marina", un mito chilote.
Esta es una versión -reducida (lo-fi)- de nuestro contenido. Para ver la versión completa con mas información, formato e imágenes, por favor haz click aquí.
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