Capítulo uno: Aliados por conveniencia, no porque sean muy buenos amigos. (Y lo cómico es que no lo son)
Por Leonore Thompson
Shion suponía de que, por ser patriarca, sus órdenes eran absolutas e incuestionables. Por eso mismo, cuando Athena (desde Japón) le dijo que tenia que mandar a alguien a deshacerse de un mafioso y su esposa, el primer rostro que se le vino a la mente a Mascara Mortal. ¿A fin de cuentas, la Cosa Nostra no era siciliana? Lógico le parecía mandar a un oriundo de Palermo para solucionar estos conflictos.
Pero no contaba con que Máscara Mortal era hogareño y repudiaba matar fuera de su casa, cuando la presa no era muy tentadora. Y por lo visto, un obeso mafioso con su plástica esposa, no eran suficiente aventura para este boy scout.
— No voy —dijo Mascara Mortal, cruzándose de brazos, aunque su molestia se originaba porque sabia que, en definitiva, tendría que terminar cediendo.
— No te pregunto si quieres o no ir: Una orden es una orden.
— Que sea siciliano no es sinónimo de que sea un mafioso.
— No pienso eso —contestó Shion, en un tono tan cínico que hasta Saga, presente ahí, sintió asco. El (ósea, Saga) como Patriarca siempre había tomado en cuenta que el caballero de cáncer era un ser con orgullo y dignidad, aunque en los combates se comportase como un sujeto desalmado, pero eso era comprensible si se estaba al tanto del concepto de “justicia” de Máscara Mortal: la fuerza como medio de alcanzar los ideales, sin importar el precio a pagar.
— ¿No?
— En parte, si —fue la sincera opinión de Shion, y como se dio cuenta que la fregó, se puso de pie y con el tono más firme y autoritario, dijo—: Te ordeno ir a Londres a ponerle fin a ese par de bastardos. Cuando termines, vuelves.
Fin del conflicto, gracias por tomar en cuenta la dignidad de Máscara Mortal.
Un timbre se gravó pesadamente sobre la pequeña hoja del pasaporte de la comunidad europea. La muchacha de policía internacional miró unos instantes la parte de identificación del pasajero, y luego se lo devolvió a su dueño, sonriente.
— Bienvenido a Londres, y que tenga una buena estadía, señor Tessio —le dijo la mujer, automática y cordialmente.
— Gracias —dijo el siciliano, tomando violentamente el pasaporte y guardándolo descuidadamente en un bolsillo de su chaqueta, al mismo tiempo que se acomodaba el bolso de mano que llevaba para una estadía un día y una noche.
La mujer no hizo nada más que hacer un gesto de enfado. ¿Por qué un sujeto se iba de vacaciones a un lugar que detestaba? No era lógico, pero tampoco iba a dejar que este “turista” le arruinase el día. Así que, con su mejor sonrisa, mientras Máscara Mortal avanzaba, recibió el pasaporte del siguiente pasajero, un rubio de ojos azules y chándal de una selección de fútbol de un país del oeste, seguido de varios jóvenes con el mismo traje. Timbró el pasaporte, miró la identificación, sonrió y lo devolvió amablemente.
— Bienvenido, señor Schneider, y que tenga una buena estadía en Londres.
— Obvio que la tendré —contestó el alemán en su mejor inglés, mientras recibía el pasaporte de regreso.
Y la mujer recibió el siguiente pasajero, un muchacho alto y de cabello castaño.
Mientras tanto, Tessio se dirigió hacia la salida —o entrada, dependiendo del lado de la puerta automática en que uno se encuentre— para encontrarse con un funcionario de la fundación Kido, al cual no le costo mucho trabajo identificar: un hombre vestido como para un funeral, con zapatos bien lustrados y una tenida que resaltaba demasiado con treinta grados Celsius. Tenía los ojos tras el cristal de unos anteojos negros y sus labios estaban en una mueca forzosamente seria y solemne. Sus manos estaban tras su espalda y lo esperaba junto a la puerta de un audi lujoso y de modelo reciente.
— ¿Trabajas para la fundación Kido? —le preguntó en griego.
— No —les contestó el sujeto, seriamente—, soy un ciego que espera a que su perro vuelva con su periódico —miró la hora en su reloj de mano y volvió a ponerla tras su espalda—, pero se ha demorado mucho —añadió—. Seguramente fue atropellado o, en el mejor de los casos, fue apresado por la perrera. En todo caso, espero que este bien.
Un tipo sarcástico que, al parecer, no sabia con quien trataba, porque, de haber tenido una mínima idea, se habría limitado a contestar “Señor, si, señor”.
Máscara Mortal abrió la puerta y se intrujo en el interior. Dejó el bolso junto a él mientras el sujeto de afuera cerraba la puerta del pasajero, para rodear después el automóvil y abrir la del piloto, la cual, obviamente, cerró luego de encontrarse frente al manubrio.
— Espero que su viaje haya sido agradable —dijo el hombre, mientras se cruzaba el cinturón de seguridad. Acto seguido, con una mano sobre el volante, giró la llave y el automóvil se comenzó a deslizar suavemente sobre el bien asfaltado camino.
— Fue como todos los viajes.
— Eso esta bien —dijo el hombre, indiferentemente.
Salvatore Tessio. Tendría que acostumbrarse a ese nombre hasta, por lo menos, regresara al santuario, aunque eso no le servía mucho de consuelo: en la víspera de su viaje, su verdadero nombre se había echo parte del dominio publico, así que, probablemente, a estas alturas del partido varios lo consideren “Salvatore de Cáncer” y no “Máscara Mortal de Cáncer”, sin tomar los chistes desagradables que, probablemente, Milo estuviese preparando, y los cuales el resto aprobaría, sólo para fastidiarle la vida al desagradable caballero de cáncer.
— Me llamo Salvatore Tessio y hay una reservación a mi nombre —dijo, extrayendo automáticamente su pasaporte, el cual coloco sobre el mesón de la recepción.
El hombre tras el recibidor lo tomó y tecleó el nombre en el ordenador que tenia junto a el, para confirmar tal afirmación. Una vez que la operación estuvo efectuara, le pasó el pasaporte con una tarjeta.
— Ah, acá esta… —dijo y, sin mirarlo—. Habitación 69, piso 3 —dijo—. Si necesita algo, sólo háganoslo saber con un llamado.
— Eso haré —murmuró Mascara Mortal, mientras tomaba las dos cosas que el sujeto le extendía, y se condujo al elevador.
Una vez en su habitación, tiró el bolso ADIDAS sobre la cama y se dirigió directamente a la ducha, donde estuvo quince minutos. Después se secarse, salio con una toalla entorno a la cintura y se puso un par de boxers, un pantalón de buzo gris y una polera blanca. Después, juntó dos almohadas y se recostó a lo largo de la cama, para cerrar los ojos un rato. Se había despertado a la cinco para estar en Londres antes de las diez de la mañana. Si te despertabas temprano, era justo darte una pequeña siesta reponedora.
A eso de las tres de la tarde sintió una presencia en su cuarto, pero cuando abrió los ojos y se incorporó, la presencia se había esfumado y el único vestigio de un visitante era una ventana abierta, a través de la cual se filtraba un poco de aire en su interior, haciendo que la cortina ingresara hacia la habitación.
— Que extraño… —pensó, sin siquiera moverse para examinar. Y, cuando se recostó nuevamente, sintió un pequeño peso junto a el.
Un sobre blanco, el cual abrió. Dentro había una misiva que leyó para después arrugar y tirar al suelo, y una foto: un hombre y una mujer., abrazos, vestidos, con una isla del caribe de fondo y unos barrotes tras ellos, lo cual los delataba sobre un crucero… O una cárcel muy exclusiva.
— El hombre es Bill, la mujer Carmela. ¿Son mis victimas, supuestamente?
Con pereza se incorporó nuevamente y se sentó en el borde de la cama, con las piernas algo abiertas y los codos apoyados sobre sus muslos, recargado algo hacia delante y la foto en su mano, algo ladeada.
La volvió a mirar.
— Se ven felices juntos…—murmuró.
Y pensó que, en realidad, les hacia un favor matándolos de una vez.
— Hoy, en Londres —murmuró—. Mañana, en Grecia.
Una mujer joven caminaba tranquilamente hacia la habitación presidencial, reservada para una pareja de millonarios neoyorquinos. Era una mujer de cabello negro y rasgos orientales. Su vestimenta era la típica de una recepcionista del hotel: Chaqueta cruzada roja sobre una blusa de cuello alto y duro, minifalda negra, medias altas y color pile, y zapatos color sangre. En su pecho, su nombre —Yelan Li— y entre sus manos, un bouquet de rosas multicolores, tan bonito que Afrodita, seguramente, hubiese corrido a arrebatárselo de las manos antes de encargarse de la misión. Todo en su aspecto revelaba a una empleada eficiente y pulcra —tal vez en exceso— que se tomaba bien en serio su trabajo dentro del Hyatt.
Mascara Mortal la observó desde el pasillo y decidió esperar un poco. Que recibieran unas flores antes de morir le parecía una casualidad sumamente divertida.
Yelan Li tocó la puerta.
— Servicio a la habitación —dijo amablemente, al mismo tiempo que tras la puerta se escuchaban pasos apresurados y la frase “Espera, por favor”.
La puerta se abrió y apareció un hombre, alto, gordo, calvo, con una bata blanca y una cadena de oro entorno al cuello. En su mano, un habano a medio consumir y, en su rostro, una expresión de ira y molestia.
— ¿Qué desea? —preguntó, bruscamente.
— Servicio a la habitación —repitió ella, sonriendo, como si fuese lo único que supiera decir.
— No hemos pedido ningún servicio —dijo él, reparando en el detalle de las flores, pero considerándolo entupido. Iba a cerrar la puerta, cuando un zapato taco alto frenó la acción—. ¿SE PUEDE SABER QUE ES LO QUE ESTA HACIENDO?
Curioso, Mascara Mortal se asomó y espió, con la espalda bien pegada a la pared y la oscuridad del pasillo como su cómplice.
— Dije —pronunció ella, amablemente—: servicio a la habitación.
Las rosas cayeron al piso y en las manos de la mujer quedó una metralleta portátil.
— Que servicio… —murmuró Máscara Mortal, por primera vez (en mucho tiempo) impresionado.
Saltó al pasillo, al mismo tiempo que la mujer pateaba la puerta. El hombre calló al suelo y la “empleada” entró en la habitación, descargó un tiro en la cabeza del sujeto y, a continuación se dirigió hacia la mujer, en quien descargó tres: uno en el estomago (mala puntería, su blanco era la cabeza), uno en el hombro (la tipa se movió, por lo visto era masoquista) y, finalmente, cabreada, le asesto uno entre las cejas.
— Perra maldita…—murmuró Máscara Mortal, mirando al sujeto—. Me ha quitado el trabajo…
Ahora todo adquiría un cariz personal… Sumamente personal.
Cerró la puerta y alejó el cuerpo del hombre de la puerta para evitar que la sangre se filtrara hacia el pasillo (donde seguramente si llamaría la atención) y recorrió la habitación con la vista, pero no encontró nada.
Aparentemente.
— ¿Dónde se habrá ido? No se pudo haber esfumado.
Tras el, la puerta del baño, en la cual, por alguna extraña razón, no había reparado, se abrió lentamente y Yelan Li descargó tres balazos contra mascara mortal, quien los esquivó. En el suelo, miró a la tipa, quien dejó a lo largo de sui cuerpo la metralleta, para saludarlo graciosamente con la mano.
— Hi —le dijo cantando, como una colegiala que saluda a su amor, con voz falsamente dulce, amable y acogedora.
Mascara Mortal se puso en guardia. “No usaras tus poderes como santo”, le había ordenado Shion, y Mascara Mortal estaba dispuesto a media a cumplir esa orden.
— ¿Quién eres?
Respuesta: tres disparos, los cuales Mascara Mortal recibió de lleno, sin que le pasara nada.
Mascara Mortal miró su pecho y luego las balas, tiradas en el piso. Miró a la mujer y se río abiertamente.
Yelan Li murmuró algo en chino y volvió apuntar, tragando saliva. En la cámara le quedaban dos tiros más. Dos posibilidades más para matar a este sujeto.
Pero si tres no le había echo nada a Marcara Mortal…
— Ríndete mujer, no me podrás ganar…
Solo había una opción, pero Yelan Li no quería utilizarla: el factor sorpresa, normalmente, no le resultaba porque, curiosamente, era una de las personas con peor suerte en el mundo: Siempre se topaba con tipos difíciles y perras que se aferraban mucho a la vida…
— Mierda… —dijo, bajando la metralleta.
— Buena chica —dijo Mascara Mortal, sonriendo—, ahora, contestame una cosa: ¿Quién te mandó?
Desesperada, la mujer le tiró la metralleta, tan repentinamente que cuando Máscara Mortal reparó en este detalle, ya se encontraba tirado en el suelo, con la escopeta a un lado y un fuerte dolor en la frente.
Yelan Li, aprovechando esta oportunidad, se cubrió el rostro con los brazos al mismo tiempo que atravesaba una ventana, cuyos vidrios cayeron a la vereda antes que ella, terminara entre una muchedumbre, que la miró extrañada.
— Me las pagara —pensó el caballero de Cáncer, tratando de calmarse, mientras veia como el automóvil negro se alejaba rápidamente, perdiéndose que en el oscuro mar de ruedas y metal que había en las calles ese viernes, a las once y media de la noche.
Máscara Mortal sentía como la sangre le hervía dentro de las venas. Lo que sentía era una mezcla de cólera, frustración y rabia.
Nadie le quitaba el trabajo y salía vivo, y mucho menos lo humillaba de una forma tan absurda.
Sin decir nada, se sentó en la cama de la pareja y marcó un número internacional en el teléfono que descansaba sobre la mesita de luz.
— ¿Aló? —la inconfundible voz de Shion le llegó, confusa, pastosa, somnolienta.
— Soy yo —dijo Máscara Mortal, secamente.
— Ah… ¿tienes idea de que hora es?
— No, pero me he encargado de los sujetos —mintió Mascara Mortal, tratando de parecer tranquilo, aunque, por dentro, fuese un Vesubio (1) a punto de explotar.
— Suenas enfadado. ¿Tuviste problemas?
— Estos sujetos no se morían nunca.
— Es lógico: nadie se deja matar fácilmente.
Al escuchar estas palabras, Mascara Mortal apretó el mango del auricular, pero lo suficiente como para provocar una trizadura, aunque asegurando la vida útil del aparato en cuestión.
— Si, eso supuse —dijo, secamente.
— Bueno… ¿Para que me llamas?
— Para pedir unos días más de vacaciones. Una semana será suficiente.
Silencio tras el auricular. Shion sumergido en uno de sus silencios sepulcrales e incomodo. Seguramente se estaría preguntando el porque una persona como Mascara Mortal cambiaría de planes tan repentinamente.
— Esta bien —dijo, finalmente.
Y colgó.
En Grecia, Shion apagó la luz de su velador y se volvió a acostar, mirando al techo con las manos sobre su pecho.
— Algo pasó en Londres… —pensó—, ¿Pero que, exactamente? —se dio vuelta y se arropó más con su cubrecama—. Creo que mandare a Milo a investigar.
No tenía más pruebas que su presentimiento.
Un extraño presentimiento de que, al haber consentido esas vacaciones, había dado su visto bueno para que Mascara Mortal tuviese algunos problemas.
— Tal vez me preocupo por nada —murmuró Shion—. Si, mejor dejo que las cosas fluyan con su transcurso natural —dijo, bostezando, con los ojos cerrados.
Al dia siguiente...
Muerto. Deseaba estar muerto después de un día buscando sin obtener nada más que buenas recomendaciones. Diablos, ¿acaso esa tipa había sido tragada por la tierra? Probablemente, a estas alturas, ya estaría en otro país, riéndose de su victoria —porque, según mascara mortal, la tipa había obtenido una victoria. No justa, no limpia, pero, a fin de cuentas había ganado la partida. Y eso mascar mortal no lo iba a perdonar, tolerar ni mucho menos aceptar. Una china con apariencia de geisha le había quitado el trabajo y lo había puesto a un paso más cerca del cielo.
Dándose por vencido y con la corazonada de que la tipa quería matarlo a él por haber casi frustrado sus planes, Salvatore Tessio salió del hotel —aun consternado por el asesinato, aunque a el no lo habían involucrado… por ahora— rumbo a un bar cercano, del cual unos italianos le habían hablado: el Bar Caos, antes llamado “Ángeles y Demonios”, cuya dueña había rebautizado para ahorrarse los problemas con una editorial que la acusaba de violación de derechos de autor y mil y unas cosas más que, a la larga, le había servido como publicidad —negativa— a un local que se había hecho buen nombre entre los más excéntricos de Londres, lo cual, en resumidas cuentas, le hacia a Salvatore pensar en lo más cercano a su hogar en la casa de cáncer.
Luego de unas cuantas billeteras usando la velocidad de la luz y extrayendo el efectivo correspondiente —algo más de cinco mil euros, nada malo el negocio de carterista en la actualidad—, y, obviamente, deshaciéndose de las evidencias, entró en el lugar, que, pese a ser grande, parecía exageradamente pequeño a causa de la enorme cantidad de “Malkavianos”
que estaban congregadas en ese lugar.
Se abrió paso entre las personas, sin bajar la guardia, hasta que llegó al mesón, donde un par de atractivas rubias atendían a tres sujetos, uno de los cuales, de plano, parecía no estar muy a gusto en este lugar: las dos botellas de whisky escocés —vacías— se lo revelaron a Salvatore, aunque lo que lo impresionó fue que, pese a la cantidad de alcohol ingerida, el sujeto se mantenía, aparentemente, bastante sobrio.
Se sentó junto a este, quien ni siquiera lo miró. Mejor, en un antro como este, lo mejor era no ser tomado en cuenta.
—¿Qué quieres, guapo?—le preguntó una de las rubias, luego de cinco minutos, separándose de un noruego que, enfadado, miró al responsable, dispuesto a condenarlo al peor lugar del tártaro.
—No sé… ¿Qué es lo que tienes?
La muchacha, con gesto distraído, extendió la mano y le paso el “menú” al caballero de cáncer.
—Cuando decidas, me llamas.
Salvatore le echo una mirada rápida.
—Dame un “Maremoto.60”
Su vecino dejó caer pesadamente su mano sobre el hombro del italiano, quien por poco se cae del taburete en el cual estaba sentado.
—Eres valiente, chico—le dijo, seriamente.
Salvatore, pálido, miró a su interlocutor y se encontró con Radamanthis, quien, al ver el rostro del “valiente”, puso una extraña cara, mezcla de ira, sorpresa e indignación. Todo en uno.
La “barwoman” no tardó en volver con una copa, grande, enorme, IMPOSIBLE DE ACABAR SIN TERMINAR EN LA CAMILLA DE UN HOSPITAL CON COMA ETILICO. Era la concentración más grande alcohol con la que Tessio se había topado: un mar de tequila y vodka, con corasao en el centro, formando un torbellino azul, cerca del que nadaban seis marrasquinos. Y Hielo, flotando en la superficie. La chica se las había ingeniado para que todo estuviera estéticamente presentable, incluso la bombilla con una sombrillita le parecían unos detalles adorables, pero era demasiado para el italiano. ¿La tipa sabría de su casi nula tolerancia al alcohol y su casi estado de abstinencia?
—Tráigame la cuenta, por favor.
—¿No piensa pedir nada más para acompañas?—dijo ella, con la sonrisa más dulce y el tono más convincente y conmovedor que le nacieran—. Tenemos unas espectaculares promociones de “tablas”
—No, la cuenta y una tira de aspirinas, por favor.
La muchacha, indignada, aunque también algo preocupada, fue a elaborar la factura. ¿Es que acaso este tipo pensaba llenarse el estomago con alcohol? Bueno, que se intoxicara, pero, en el nombre de Ra, que las autoridades no se enteraran del lugar de consumo.
—Así que… —comenzó el juez ingles—, ¿Qué te trae por estos lugares?
—Busco a una asesina.
—Pues hay varias —dijo Radamanthis, sonriendo, mientras agitaba un poco el whisky en su vaso, haciendo que los cubitos de hielo chocaran contra el vidrio, produciendo un pequeño tintineo—. Esas rubias, por ejemplo, son la reencarnación de dos de las tres furias—dijo, señalando con su vaso al par que, nuevamente, entretenían a Minos y Eaco.
—En realidad, es una china.
Radamanthis dio un largo trago y dejó el vaso sobre el mesón.
—¿Es china, cierto? Maldita perra, se tiene el infierno bien ganado.
—¿En serio?
—Si, pero creo que la señora Persefone esta de su lado—Radamanthis lo miró con el ceño fruncido—. La Señora dice que no le parece justo que a hombres asesinos los condenes a los campos Elíseos que mientras que mujer que maten a desgraciados se vayan al tártaro.
—¿Feminismo?
—Mucho. Desde que surgió, nos llegan mujer profesionales que exigen ser tratadas con igualdad.
—Me parece lógico.
—Lo dices porque no tienes que lidiar con abogadas en su mayoría.
—¿Llegan muchas?
—Las consideran muy malas para quedarse en los infiernos que les corresponden..
Mientras hablaba, Salvatore se aventuró a tomar un sorbo de su trago, pero inmediatamente se arrepintió. Esta cosa, si no le causaba una cirrosis hepática, le causaría un coma etílico, pero vivo no llegaría a la mañana.
—… Además—continuaba el juez del infierno— La libertad de culto nos arruina el negocio. Eso sin mencionar que la educación para todos—apretó el bazo fuertemente—. Malditos revolucionarios y su “igualdad, libertad y fraternidad” (2)—gritó, quebrando el vaso por completo.
Salvatore le dio otro sorbo a su trago y pensó que, de escucharlo, Camus ya le hubiese congelado la lengua.
Cuando abrió los ojos, ya eran las seis de la mañana, y la cabeza le dolía como si mohicano le hubiese clavado una y otra vez su filosa hacha sobre la cabeza. ¿Qué día era? Poco importaba eso cuando tenías encima un dolor de cabeza de proporciones olímpicas y, sobre la mesita de luz, cinco botellas de medio litro de agua mineral y dos cajas de aspirinas, utilizadas casi en su mayoría. ¿Es que acaso los dolores de cabeza eran en proporción al poder? De ser así, Salvatore deseo que a Shion le diese uno —por mandarlo a Londres— y a Saga le diese uno peor, por no interferir en su favor cuando se dieron las oportunidades.
Comenzó a pensar que sus problemas de adaptabilidad no eran su mente torcida ni su sentido común tan poco común, sino que, de plano, eran los demás.
Los demás que se empeñaban en establecer como normales sus atrocidades, mientras que él…
Una fuerte sensación de que le estuviesen estrujando el cerebro le hizo interrumpir el hilo de sus pensamientos y llevarse las manos a la cabeza. Gritó y se revolcó sobre la cama, que afortunadamente era grande porque, de lo contrario, habría ido a dar contra el piso, que pese a estar alfombrado era duro. Curiosa la forma en que, hasta en los hoteles medianamente lujosos, abarataban costos.
—Me quiero morir…—murmuró.
Alguien, del otro lado, tocó la puerta.
—Espere—gruño, poniéndose de pie. Sin abrir la puerta, malhumorado, gritó—: ¿Quién es?
—Servicio a la habitación.
Salvatore sonrió. ¿Así que a la perra le gustaba la adrenalina? Esto si era interesante.
Shion leía el diario tranquilamente, con una taza de café alejada cuidadosamente de las hojas informativas.
—Demasiadas tragedias… —dejó de lado la humeante taza de café colombiano y dio vuelta la plana, para leer…— El horóscopo —sus ojos se deslizaron rápidamente hasta el pequeño párrafo que buscaba—. “Cáncer: Día agitado. Para bien o para mal, personas que buscaba intensamente llegaran a su lado para traerle problemas. Posible aliados que usted no había pensado. No se baje de la cama si espera terminar el día tranquilamente”
Shion tiró el diario hacia el piso y se tomó el resto de café a sorbos.
—Entupidos horóscopos—pensó—, ¿Cómo esperan que alguien los crea?
Salvatore abrió la puerta y… No se topó con nadie. Miró hacia abajo y vio un paquete mediano, envuelto con un papel brillante negro y una cinta roja que terminaba juntándose para formar un gran moño color escarlata.
Lo tomó y entró nuevamente en su habitación, cerrando la puerta empujándola con su pie.
—Supongo que ahora espera que lo abra para que todo el piso explote… —murmuró.
Se dirigió a la ventana y lo tiró con fuerza, apuntando a la calle. Para su desgracia, el paquete cayó encima de un automóvil mercedes modelo —año 2159, negro, lujoso—, el cual explotó inmediatamente.
—Predecible—pensó.
En eso, dos automóviles de los cuales se bajaron diez sujetos, que rodearon los restos humeantes y ardientes del que, minutos antes, era el automóvil de un tipo más mafioso y desgraciado que el que a Salvatore le habían mandado a matar. Pero claro, esto no Salvatore Tessio no lo sabia.
—¿Qué ha pasado?
—Lanzaron un misil desde ese edificio—dijo uno, señalando el hotel. Al parecer, era un fanático de las películas de guerra. A Salvatore no le habría extrañado que “Full metal jacket” y “Pelotón” estuvieran dentro de sus películas favoritas.
Curioso, se quedó en la ventana, para ver como se desarrollaba la escena.
—Malditos, seguro son los Corleone—dijo unos tercero.
Y los diez sacaron unos revólveres del interior de sus sacos.
— Tenemos que encontrar al desgraciado—dijo el primero.
— Allá esta—dijo uno bajo, parecido a Danny De Vito pero rubio y de ojos cafés.
— Desgraciado—dijo el más alto del grupo— seguramente es el mismo que mato al amigo del “jefe” hace dos días.
Y los diez sujetos entraron al hotel.
— ¿Crees que vaya a tener problemas?
— No, ¿Por qué tendría que tenerlos?
— El es un imán para los problemas.
Milo hizo una mueca.
— ¿Y que importa si tiene problemas, Shun? El tipo no se ha portado tan bien como para que nos preocupemos por su bienestar.
Salvatore meditaba lo ocurrido: Había llegado el miércoles a Londres para matar a un sujeto, pero, finalmente, otra persona se le había adelantado. Una tipa que buscaba tan solo por venganza. Luego de buscarla incansablemente el jueves, fue a un bar de dudosa reputación; ¿que había hecho?, no lo recordaba. ¿Con quienes había estado? Mucho menos. ¿Como había regresado al hotel y quien lo había traído? Sólo Athena lo sabía. ¿Que había hecho al despertarse? Levantarse para ir a partirle la cara a la del servicio… Y el resto, era el origen de sus problemas.
No es que considerara que estos hampones de cuarta eran preocupantes, pero pelear le causaba algo de desgano. Quería reservar sus energías para disfrutar la masacre que llevaría a cabo con esa perra. Era un hecho.
Afuera, sentía como los sujetos se congregaban entorno a la puerta. No le resultaba difícil imaginárselos con sus revólveres listos para llenar de plomo las entrañas del primero que osara abrir la puerta…
Decidido a hacerles frente, se puso de pie, al tiempo que una brisa pasaba junto a el. En silencio, miró a su costado, y vio a Yelan Li, vestida como la recepcionista amable, pero esta vez con un sable que hacia llorar de envidia al de Batousai el carnicero. La tipa, en cuestión, estaba sobre la cama, con el sable clavado en el costado de la cama.
—Mira, a la pendeja ojos rasgados le gusta jugar al samurai —dijo Salvatore, sonriendo. Nunca una presa se le había entregado tan estúpidamente.
Ella, dignamente, dejó la espada y se apartó un mechón de pelo del rostro, conservándolo su
costado.
—Esos eran unos entupidos que hacían llamar espadachines—dijo.
—¿Cómo entraste?
—Mientras te ponías de espaldas le puse goma de mascar a la cerradura, lo cual evito que se cerrara completamente.
—¿Aprendiste eso viendo televisión?
—Para algo que sirva la animación japonesa—dijo ella.
Salvatore miró la puerta.
—¿Quitaste la goma?
—¿Por qué tendría que hacerlo?
La puerta se abrió y ambos miraron a quien la había abierto. Un mafioso los quedo mirando perplejo, con un dedo extendido apenas.
—Por eso mismo.
Yelan Li sacó su revolver con la intención de disparar, pero cuando tenía el dedo sobre el gatillo se encontró asida del codo, alejándose más y más de la ventana. Sin entender mucho, fue introducida en el asiento trasero del automóvil, mientras Salvatore se tiraba en el asiento del piloto. Para su sorpresa, los sujetos no habían sacado las llaves.
—Tengo un mal presentimiento—murmuró Shion, viendo el horizonte.
La forma en que Salvatore Tessio conducía dejaba como a un taxista furioso durante la hora pick como un abuelito dando un paseo dominical. Dobló esquinas a más de cien kilómetros por horas, corrió por carriles que no le correspondía, subió por aceras y casi deja viuda a una abuelita que había salido con su marido a dar un paseo, y al cual habría atropellado si hubiese sido un poco más lento.
Para ser viejo se mantenía. Cada vez le impresionaban más los adultos mayores.
—¿Así que te llamas Yelan Li?
—Si.
—Que nombre más horrible—comentó Salvatore—, ¿Y te hiciste asesina trabajado para el Vietcong (3)?
—Durante la guerra de Vietnam yo no pensaba ni en nacer—dijo ella, tranquilamente—. No soy tan vieja.
Miró a su derecha, donde apareció un Mercedes Benz envidiable.
—Tenemos compañía.
—Ya me había dado cuenta—dijo Salvatore, pensando que seguir la orden de Shion era absurdo. Si no lo mataban hoy, lo matarían mañana, y prefería que fuese pasado mañana… Eso, siempre y cuando no usara cosmos—. Lo siento, jefe, no puedo hacerle caso.
Nota:
(1) Volcán que, al hacer erupción, redujo a la nada la ciudad de Pompeya.
(2) Esa era el lema de la revolución francesa XD
(3) Durante la guerra de Vietnam, ese era el nombre "del gobierno provisional del Vietnam del sur".