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AzraelDioses
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21 Aug 2005
Leí el artículo en una revista y me pareció interesante para el subforo de Historia. Aquí se los dejo... LIBROS MALDITOS - Por Abraham Alonso y Miguel Ángel Saradell Unos se ocultaron al común de los mortales, otros fueron perseguidos y condenados, varios son indescifrables y algunos ni siquiera existieron... Los libros prohibidos: Desde los inicios de la escritura, los libros fueron víctimas de censores políticos y religiosos que intentaron destruir aquellos que contenían ideas peligosas o subversivas. ![]() El bibliocausto nazi - durante la noche del 10 de mayo de 1933, los nacionalistas quemaron 20.000 libros "antialemanes" en la Plaza de la Ópera de Berlín. Escenas similares se dieron en muchas otras ciudades del país. Bajo los adoquines de la antigua Plaza de la Ópera de Berlín, muy cerca del edificio principal de la Universidad de Humboldt, yace La biblioteca sumergida. Micha Ullmann, el maestro escultor israelí que la proyectó, colocó en ella estantes suficientes para albergar 20.000 volúmenes. sin embargo, sus blancos anaqueles permanecen vacíos. Para los berlineses son un símbolo admonitorio de lo ocurrido el 10 de mayo de 1933 en ese mismo lugar. Aquella noche, 20.000 libros seleccionados por los nazis por sus "contenidos antialemanes" fueron arrojados a una inmensa hoguera en la que se conumieron, además de innumerables escritos de autores judíos, obras de Marcel Proust, H. G. Wells, Jack London, Thomas Mann... Casi al mismo tiempo, otras quemas masivas se sucedían en Bonn, Frankfurt, Bremen, Hanover y muchas otras ciudades alemanas entre consignas "contra la decadencia moral" y "a favor de la disciplina, la decencia y la nobleza del alma humana". Quemar la memoria La operación había sido coordinada por el ministro de propaganda nazi Joseph Göebbels, quien afirmaba que esa acción constituía "el fin de la época extremista del intelectualismo judío". Así justificó lo que él denominaba "la entrega a las llamas del espíritu diabólico del pasado". El impacto que aquel bibliocausto causó en la sociedad europea fue enorme. Sigmund Freud, cuyos libros se encotnraban entre los seleccionados para ser destruidos, comentó irónicamente a un periodista que en realidad semejante fenómeno era una avance en la historia humana. "En la Edad Media, ellos me habrían quemado", afirmó. La historia de la prohibición y destrucción de la palabra escrita se remonta a la elaboración de los primeros textos, grabados en Mesopotamia sobre tablillas de arcilla hace aproximadamente 5.300 años. desde entonces, el poder religioso o político ha utilizado ese mecanismo como una forma de censura que ha justificado haciéndola pasar como salvaguarda de los principios morales y las tradiciones. En su Historia universal de la destrucción de libros (Ed. Sudamericana), el asesor de la UNESCO y experto en bibliotecas antiguas Fernando Báez indica que estos no son perseguidos como objeto físico, "sino con ánimo de aniquilar la memoria que encierran, es decir, el patrimonio de ideas de una cultura entera". Esto explica las causas de la primera prohibición de libros a gran escala de al que tenemos noticia, ordenada por el emperador chino Chi-Huang Ti en el año 213 a.C. El soberano mandó destruir todas las obras escritas que no versaran sobre agricultura, medicina o adivinación. En realidad, trataba así de borrar cualquier rastro de la doctrina de Confucio o las ideas que no avalaran su régimen. El cronista chino Sima Qian, que vivió entre los siglos I y II a.C., señala que el emperador estableció entonces que "los que se sirvieran de la Antigüedad para denigrar los tiempos presentes serían ejecutados junto a sus parientes". De hecho, ordenó asesinar a cientos de sabios que se mostraron reacios a aceptar la medida y decretó que cualquiera que guardase tablillas de bambú o maderas escritas correría la misma suerte.
Destructores de libros Aunque a veces es difícil distinguir las obras destruidas intencionalmente de las que desaparecieron en accidentes o víctimas del olvido, sí sabemos que en la Antigüedad los biblioclastas o destructores de libros se excedieron tanto como en épocas más recientes. Parece probado que Akhenatón, que gobernó Egipto hacia 1350 a.C., hizo desaparecer numerosos textos relacionados con el culto a los antiguos dioses para consolidar el de Atón. La historia de este faraón, sin embargo, está cargada de una cierta justicia poética, ya que a su muerte sus destractores se encargaron de borrar meticulosamente las referencias a su nombre. En Grecia, el primer testimonio de la destrucción de una obra literaria por la censura política se remonta al siglo V a.C. Entonces, el sofista Protágoras de Abdera fue acusado de impiedad y blasfemia por haber afirmado en Sobre los dioses que era imposible saber si estos existían. El libro fue buscado casa por casa, confiscado y quemado. Según relata Diógenes Laercio, el mismo Platón compartía tales aficiones priómanas, ya que, de acuerdo con este historiador griego, no dudó en quemar todos los poemas de Sócrates. El caso de la "bibliocidia" sobre el que más líneas se han escrito es, sin duda, el de la Biblioteca de Alejandría, una joya del mundo antiguo construida a lo largo del siglo III a.C. que fue víctima de sucesivos ataques. El primero imoprtante se produjo en el año 48 a.C., precisamente cuando se encontraba en uno de sus momentos de mayor auge y atesoraba, según distintas fuentes, más de 700.000 manuscritos. El saber antiguo, perdido Un incendio que se propagó por el puerto devoró entonces 40.000 volúmenes que se encontraban dispuestos en distintos depósitos. Aunque no está claro que estos formaran parte de la famosa biblioteca, Fernando Báez cree que habían sido adquiridos para la misma. Otra dependencia adicional, la Biblioteca Hija, situada en el Templo de Serapis, sobrevivió hasta fines del siglo IV, cuando ambos fueron destruidos por un grupo de cristianos mandados por el obispo de Alejandría, Teófilo, que veía en ellos un intolerable vestigio del antiguo paganismo. en el año 415, el historiador Orosio visitó la ciudad y confirmó que "los estantes para libros habían sido vaciados", lo que aprece demostrar que la Biblioteca había desaparecido en el siglo V. Aun así, no se sabe con certeza si todas sus instalaciones habían sido saqueadas. si tenemos en cuenta el testimonio de Orosio, parece poco probable que los árabes destruyeran los volúmenes sobrevivientes cuando asaltaron Alejandría en 642. Aun así, el cronista árabe Ibn al-Kifti indica que Omar I (586-644) ordenó destruir los libros ya que "si contenían la misma doctrina del Corán, no servían para nada porque se repetían, y si no, no tenía caso conservarlos". Kifti, que, vale la pena aclarar, vivió siete siglos después de la toma de la ciudad, señala que los textos, entre los que se encontraban obras de Hesíodo, Platón o Gorgias, eran tantos que sirvieron como combustible durante seis meses.
Fanatismo religioso De lo que no hay duda es de que el fanatismo religioso y las supersticiones se encuentran detrás de buena parte de las persecuciones de libros. Los escritos de la secta de los gnósticos, que sostenían que nadie se salva por la fe, sino por el conocimiento, y los de otras corrientes y personajes considerados heréticos por la Iglesia, como los del obispo Paulino de Dacia, que creía que el uso de la magia era legítimo, fueron quemados. Las confiscaciones y destrucciones de libros practicadas por la Iglesia se multiplicaron con los emperadores romanos Teodosio y Valentiniano, en especial las de los nestorianos, una secta que no reconocía la supremacía del Obispo de Roma, y alcanzaron su máximo apogeo en 1559, con la publicación del Índice de los libros prohibidos, ordenado por le papa Pablo IV. Apenas un siglo antes, los turcos habían demostrado que también sabían destruir la palabra escrita. Durante el saqueo de Constantinopla en 1453, una tarea que llevaron a cabo a conciencia, fue la de terminar con cientos de miles de manuscritos contrarios a la fe de Mahoma. Pero es que, como demostraron los nazis ya en pleno siglo XX, la destrucción premeditada de libros no es, ni mucho menos, cosa del pasado. Se calcula que las censuras culturales llevadas a cabo por los comunistas en Alemania oriental en 1953 destruyeron no menos de 5 millones de libros. Algo parecido ocurrió durante la dictadura militar en Argentina. El 30 de agosto de 1980, conocido como "el día de la vergüenza del libro argentino", fueron quemadas en Sarandí más de 1,5 millones de obras pertenecientes al Centro Editor de América Latina (CEAL). Prohibido pensar Y el fenómeno continúa. Aun más recientemente, en 1992, la Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzegovina, en Sarajevo, que había sido abierta en 1896, fue bombardeada por orden del general serbio Ratko Mladic con obuses incendiarios. La biblioteca conservaba casi dos millones de volúmenes y 155.000 obras raras. Pocos ejemplares pudieron ser salvados. Y es que cuanto más y más variado se lee, más se piensa, algo que desde el poder ocn frecuencia se ha intentado impedir. Hoy, en la antigua Plaza de la Ópera de Berlín, una placa con una cita del poeta judío Heinrich Heine, cuya obra también ardió en el bibliocausto nazi, rememora aquel episodio: "Ahí donde queman libros, terminan quemando hombres".
15 May 2005
Hola gente
La cuestión es que he estado toda la semana buscando una buena tutorial para aprender a usar el RPG Maker 2003 y no he encontrado NINGUNA, las que encontré o son muy complicadas o no te dicen casi nada, y la única que encontré bien explicada tenía que ser actualizada x_x Si alguien conoce o tiene alguna tutorial sencilla pero que explique con detalles (porque yo soy bien cabezota), les agradezco de verdad. Gracias desde ya
24 Mar 2005
Resulta que en el tema de suceso histórico preferido surgió la cuestión de la Guerra de Troya y alguien habló por ahí de la Eneida... pues me di cuenta de que no tengo la más pálida idea al respecto (^^¡) y quisiera que alguien hablara un poco sobre el tema para que nos podamos enterar mejor.
En primer lugar si alguien sabe quién la narra y qué tanto valor histórico tiene, ya saben... al menos para saber más o menos de qué trata... Gracias desde ya Saludos
12 Jan 2005
OK, gente, esta es mi primer historia así que por favor entiendan si soy medio pa' atrás en esto de escribir
Leí en las reglas y decía que se pueden postear historias dedicadas a Saint Seiya y otros animes, aunque no sé si se pueden postear historias que no sean precisamente fics de algún anime... - del tipo "guerra forística" de poseidón (que por cierto está para partirse de la risa En fin, si no se puede simplemente lo borran... Prólogo He sido repudiado por los iguales porque soy diferente Jamás fui amado, ni jamás yo he amado Pero en medio del dolor, he encontrado felicidad Aunque dijera mil palabras, aun así habrían verdades que me sería imposible poner en palabras He perdido tantos años en soledad, y ahora quisiera recuperarlos Mi pasado me ata porque así lo elegí, y ahora quisiera vivir el presente para tener un futuro Vivo entre dos mundos, mi mundo y el suyo Y ahora estoy buscando una única respuesta: ¿por qué estoy aquí? Pero… ¿cómo puedo ser capaz… De aceptar a quienes nomte aceptan? De aprender a amar? De encontrar la felicidad en medio del dolor? De encontrar las palabras para decir lo que no puede ponerse en palabras? De recuperar el tiempo perdido? De romper las cadenas del pasado que yo mismo forjé? De unir ambos mundos, tan distintos e incompatibles? ¿Encontraré la respuesta? 武士道 BUSHIDO El Camino del Samurai Dios mío… ¿por qué me has abandonado? La suave brisa lleva los pétalos de cerezo y de crisantemo por el aire. El ruido silencioso de un estanque en el jardín, la canción de un gorrión, el vuelo majestuoso de una grulla; todo se congrega en un mismo cuadro primaveral mientras el aroma del ciruelo en flor impregna al aire. Kuroyama Shogo pasea distraídamente por los jardines del Castillo Edo, totalmente absorto en sus pensamientos. Hacen ya dos días desde que su nombramiento como el nuevo ministro de asuntos internos de Japón, convirtiéndose así en uno de los hombres más influyentes de su país. PRIMERA PARTE: ERUDITO Y ESPADACHÍN Capítulo 1: El nuevo ministro del Japón “Es perfecto,” dijo el primer hombre. “No,” contestó el otro. “Pero con la debida orientación, no dudo que lo será.” El pequeño Shogo de seis años procedía absorto en sus lecciones, indiferente de los comentarios de su padre y su tutor de filosofía. Desde niño había demostrado todas las habilidades de un prodigio, y su padre Sanetoki, daimyo de Tosa, se había apresurado en buscarle a los mejores tutores para todas las asignaturas, incluido el kendo. Sus profesores se habían impresionado de su habilidad tanto en las artes como en las ciencias matemáticas, y su habilidad en el kendo no tenía igual entre sus compañeros. Shogo acabó de recitar sus lecciones. Hizo una pausa, expectante. No había emoción de ansiedad o inseguridad en su semblante, sólo expectativa. Era algo característico en Shogo, a pesar de su joven edad, que nunca mostraba emociones. Sólo esperaba. “Tu dicción es perfecta, Shogo,” dijo su tutor, “pero aun te falta mejorar algunos aspectos.” “Hai, sensei,” asintió el niño. A diferencia de otros tutores, el sensei Yoshimitsu Miyagi no impartía sus enseñanzas por medio de amenazas o castigos, sino que explicaba todo con paciencia. Y Shogo era un alumno claramente dotado, tanto para la filosofía como para cualquier otra asignatura. Dada esa habilidad y su gran inteligencia, Shogo se había convertido en el hijo predilecto de su padre. Shogo no era un hijo legítimo de Sanetoki. No era el hijo ni de su esposa ni de una de sus concubinas. Había sido el fruto de un romance de una noche con una prostituta. Cuando nació, su madre lo abandonó a la puerta de la casa de la familia Kuroyama, con una nota en la que explicaba al daimyo que el bebé era su hijo, y en que le refería lo sucedido aquella noche. Al principio, Sanetoki se mostró totalmente renuente a aceptar al niño como su hijo. ¿Qué le diría a su esposa? Seguramente no aceptaría la idea de que su marido trajese al hijo de una prostituta a la casa – ya bastantes problemas tenía con las concubinas de su marido. ¿Qué pasaría con su imagen? El era el daimyo de la provincia de Tosa, no tenía por qué acoger a aquel niño o hacer caso de las reclamaciones de una prostituta. Pero cuando estaba a punto de abandonar al niño, lo asaltó un sentimiento que no pudo evitar. No podía abandonar a aquel niño a su suerte para que muriera, y aunque Sanetoki tenía fama de ser un hombre estricto y de carácter duro, también la tenía de ser un hombre justo y apreciado por sus vasallos. Dio al niño el nombre de Shogo. Shogo crecía sano y fuerte, y no tardó en ganarse el afecto de su padre con sus logros en los estudios y en las artes marciales. Sus tutores no dejaban de asombrarse de su inteligencia, y en el kendo era capaz de vencer incluso a chicos mucho más grandes y fuertes que él. Sanetoki había puesto en él toda su complacencia, y esperaba que algún día él le sucedería como heredero de la provincia de Tosa. Dieciséis años después... Mientras caminaba por los maravillosos jardines del Castillo Edo, Shogo recordaba su pasado. Aunque era el favorito de su padre, la relación con la esposa de este, sus concubinas, y sus demás hijos, era todo menos buena. Sabía que lo despreciaban por ser el hijo de una prostituta, pero a Shogo lo tenía muy sin cuidado el desprecio que pudieran sentir por él. Ostentaba una buena posición como el hijo predilecto de Sanetoki, y no había nada que pudieran hacer al respecto. Pero quienes especialmente lo detestaban eran la esposa de su padre, Fumiko, y su hijo Ichiro. Ichiro, como primogénito de Sanetoki, debiera ser quien recibiera todas sus atenciones, pero desde la llegada de Shogo este había acaparado toda la atención. Y el hecho de que Shogo lo superase en todas las disciplinas no ayudaba mucho. Shogo sonrió al recordar una de esas veces. Había sido durante su primera clase de kendo. Ichiro había insultado a Shogo, llamándolo entre otras cosas de bastardo. Shogo no había mostrado señal ninguna de sentirse agraviado, pero cuando él e Ichiro se enfrentaron, entonces Ichiro conoció la derrota. Aunque Ichiro era más alto y fuerte que Shogo – se llevaban ocho años de diferencia –, la técnica del último era claramente superior y mucho más veloz, no dándole tiempo a Ichiro de reaccionar y acabando la pelea en menos de un minuto – y acabando Ichiro con varios hematomas como consecuencia. El resultado: el odio cada vez más ferviente de Ichiro y su madre hacia Shogo, que seguía creciendo y volviéndose cada vez más superior a Ichiro. Y ahora su reciente nombramiento como el nuevo ministro de asuntos internos de Japón – después de la muerte del anciano ministro anterior –, al servicio del shogun Tokugawa Kanemori, no había hecho sino aumentar la rabia de Ichiro y Fumiko. Observó dos aves en vuelo que se alejaban en el cielo... “Honorable ministro Kuroyama,” lo llamó una voz detrás de él. Shogo no se volteó, sino que simplemente detuvo su paso. “El shogun desea verle en la sala de reuniones,” dijo un sirviente. - Ese inoportuno del shogun, no hace tres días de mi nombramiento y ya me ha llamado más veces de las que pueda recordar – pensó Shogo. “Dile al shogun que iré inmediatamente,” respondió. El sirviente hizo una profunda reverencia y se retiró. Shogo miró una vez más al cielo despejado, y se fue presto a cumplir con el llamado. El Castillo Edo era un lugar enorme. Cualquiera que no lo conociera bien podía perderse entre la inmensidad de pasillos y habitaciones. Incluso Shogo había necesitado que le enseñaran el lugar en su primer día, cuando había ingresado a la corte del shogun por primera vez a la edad de dieciocho años. Cuando llegó a las puertas que daban a la sala de reuniones del shogun, los guardias le hicieron una reverencia y le abrieron el paso. Shogo entró a la sala. Allí, reunido con sus principales oficiales del bakufu, el shogun lo saludó. “Shogo, pasa por favor,” le dijo. “¿En qué puedo servirlo?” preguntó amablemente Shogo. “Estábamos discutiendo sobre un, ah... pequeño problema,” explicó el shogun, “y queríamos escuchar tu opinión.” - En otras palabras, Shogo, quiero que tú lo soluciones por mí porque soy demasiado incompetente como para hacer nada por mí mismo – pensó Shogo para sí. “Espero serle de ayuda, Excelencia.” “Recientemente le han llegado a Su Excelencia ciertos rumores de descontento en la provincia de Mito,” dijo una voz mayor. Era la de Kanetama Tomo, primer asesor, y junto con Shogo uno de los hombres más influyentes de Japón. Kanetama Tomo era el manipulador de turno en la corte, donde su voluntad era la ley. Era también un hecho sabido que el anterior ministro de asuntos internos, Mitsumasa Uji, era el rival más fuerte de Tomo en la corte. Eso llevaba a pensar a Shogo que tal vez la muerte de su predecesor y mentor en la corte no había sido tan natural como se pensaba. - Al fin y al cabo – pensaba muy a menudo – el viejo Uji ya se lo esperaba. Era sólo cuestión de tiempo. Cuatro días antes… “¿Quería verme, Uji-sama?” “De hecho, sí,” dijo el anciano Mitsumasa Uji, ministro de asuntos internos. “Toma asiento, Shogo-san.” El joven de veintiún años se sentó frente al viejo ministro, en su rostro la pasiva expectación de siempre. “Por su expresión parece como si de algo serio se tratase,” aventuró Shogo al ver la preocupación que ni medio siglo de práctica en la corte podía ocultar de su ojo experto. “A decir verdad se trata de algo serio, Shogo-san,” asintió el anciano. “Kanetama Tomo,” adivinó Shogo. Uji asintió. “Su influencia en la corte está creciendo,” dijo, “y el shogun es demasiado indeciso como para contradecirle. Si sigue así, muy pronto ni siquiera yo podré controlar su influencia, y todos tendremos que pagar el precio.” “Estoy de acuerdo con usted, Uji-sama, pero no termino de entender qué tiene que ver todo esto conmigo,” replicó Shogo. “Sospecho que Tomo piensa igual que yo,” le explicó Uji. “Tú sabes a qué me refiero, ¿verdad?” “En efecto,” asintió Shogo. “Mi tiempo es corto, Shogo-san,” le explicó el anciano. “A este paso, mi debilidad acabará conmigo, y eso le dejará el camino libre a Tomo.” “Para influenciar libremente al shogun,” terminó Shogo. “Exacto,” asintió el anciano. “Pero ya me estoy encargando de eso. Si me voy, alguien debe quedarse para refrenar a Tomo y su ambición de poder. He escrito al shogun una carta de recomendación para que, en caso de que mi final llegue de improviso, tú me sucedas y termines mi trabajo.” En vez de sorprenderse, Shogo simplemente asintió con resignación. “¿Te estás preparando para morir?” “No,” negó Uji, “sólo soy precavido. La familia Mitsumasa ha ostentado este cargo durante muchos años, pero ahora es el momento de que tú termines lo que yo empecé.” “Hai,” asintió Shogo. “Tomo no controlará mientras yo esté para impedírselo.” Todos hicieron silencio en la sala, incluido el shogun, para escuchar a Shogo. “¿Se sospecha de alguien en especial?” preguntó Shogo. “Se sospecha del daimyo Akamori Daigoro,” repsondió Tomo. - Imbécil, si fueras a creer cada uno de los rumores de conspiración y desacato que circundan tendrías que ejecutar prácticamente a todo el bakufu – pensó para sí. “Creo,” dijo Shogo, “que sería un tanto apresurado sacar conclusiones sin tener pruebas sólidas de que tales rumores son verdad. Mi consejo, señor, es que envíe a alguien para investigar sobre el asunto.” “Comprendo perfectamente,” dijo el shogun. - Lo dudo mucho – pensó Shogo. “Y estoy seguro, excelencia, que el señor Kuroyama es la persona indicada para un trabajo tan importante,” añadió Tomo. “Tienes toda la razón, Tomo,” asintió el shogun. “Shogo, partes a la provincia de Mito para encontrarte con el daimyo Akamori.” “En ese caso parto inmediatamente para la provincia de Mito, Excelencia,” respondió Shogo con una inclinación, y abandonó la sala. El shogun suspiró aliviado, dio por terminada la reunión y se retiró con sus oficiales del bakufu. Una sonrisa se dibujaba en los labios de Tomo. Shogo sabía por qué. Tomo lo veía como un rival por su influencia sobre el shogun, igual que Shogo lo veía a él de la misma forma. Era de esperarse que Tomo aprovechara la oportunidad para enviar lejos a Shogo y así poder afianzar aun más su posición e influencia en el bakufu. Shogo sonrió a pesar de sí mismo. - Ese ingenuo de Tomo – pensó. – Si piensa que con sus estúpidas artimañas va a librarse de mí está severamente equivocado. “Akamori-dono,” llamó la voz de un sirviente a través de la puerta corrediza. “Adelante,” respondió el daimyo. “Ha llegado un comunicado importante desde Edo, señor.” Akamori Daigoro se volteó bruscamente al oír aquello. “¿Edo?” El sirviente asintió. “Lleva el emblema del bakufu.” “¿Del bakufu?” preguntó el daimyo aun más preocupado. El sirviente le entregó el mensaje y Daigoro lo despachó. Contempló el mensaje por un instante, mirando el emblema como si fuese una serpiente venenosa. Abrió el mensaje y lo leyó. La carta era relativamente corta, pero explicaba detalladamente el motivo de su contenido. Honorable daimyo Akamori Daigoro: Se le informa mediante este mensaje que recibirá la visita del muy honorable ministro de asuntos internos de Japón, el señor Kuroyama Shogo, con motivo de descartar ciertos rumores que han llegado a nuestros oídos en Edo. Sin más que informar. El puño del daimyo se cerró fuertemente sobre la nota. Cuando alguien recibía un mensaje del bakufu con motivo de “descartar rumores”, eso quería decir que se era sospechoso de conspiración contra el orden de los Tokugawa. “¿Honorable esposo?” llamó la voz de su esposa Akane detrás de la puerta corrediza. “Akane...” dijo el daimyo al reconocerla. Akane entró a la habitación, y observó que en el rostro de su marido había gran preocupación. Después de los años que habían estado casados, Akane había aprendido a reconocer cada vez que su marido se hallaba afligido o preocupado. “¿Sucede algo, honorable esposo?” preguntó. Daigoro le tendió la nota, y ella la leyó, la volvió a leer y luego miró a su esposo con expresión preocupada. “¿Cómo...?” “No lo sé, Akane,” la interrumpió su marido. “Sólo sé que alguien en el bakufu no me ve con buenos ojos.” “¿Qué vamos a hacer, honorable esposo?” preguntó Akane con preocupación. “Tendremos que recibir al ministro de asuntos internos,” respondió Daigoro abrazando a su esposa para tranquilizarla. “Y esperemos que todo salga bien.” Bueno, así es como empieza... Espero que les guste... |
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